Eduardo Zambrano miró a su esposa: —Basta, es Año Nuevo. No busques arruinar la noche.
La Tía Cecilia se tragó su enojo y se recostó en la silla, riendo con sarcasmo.
Esa cualquiera de Silvana apenas vio a su hijo en la cárcel y corrió a colgarse del brazo de Sebastián, llamándolo «amor verdadero». Y Jimena, con tal de echar más leña al fuego, era la primera en promover que Sebastián cambiara de esposa. ¿Cómo no iba a estar furiosa?
—Y no me culpes por hablar de más, cuñada —le dijo Cecilia a Jimena—, aunque no seas la madre biológica de Sebastián, si no te importa que los primos terminen matándose por una mujer, al menos deberías pensar en la reputación de la familia Zambrano. ¿De verdad piensan aceptar a Silvana como una segunda esposa de segunda mano?
Al escuchar eso, Vera por fin levantó la vista.
La situación de la familia Zambrano era muy compleja. Jimena de Zambrano no era la madre biológica de Sebastián, sino... la hermana menor de su difunta madre. La tía carnal que se convirtió en la segunda esposa de su propio cuñado.
—En cuestiones del corazón, nadie puede mandar —respondió Jimena con tono frío—. Alguien tiene que aceptar su propio fracaso.
Vera captó la indirecta. Ese «fracaso» no solo iba dirigido a Claudio, sino también a ella como la actual señora Zambrano.
—Cuñada, tú... —El rostro de Cecilia se contorsionó de ira.
—¡Suficiente! ¡Cenen en silencio! —La Abuela Isabel golpeó la mesa, exigiendo el fin de esa guerra de palabras.
Solo así se disipó el humo de la batalla. Vera no dijo ni una palabra.
Al fin y al cabo, hablaban de esos temas sin el menor reparo frente a ella, lo que demostraba lo poco que la respetaban.
En cuanto a Arturo y Eduardo Zambrano, parecían estar fuera de la discusión, sin involucrarse en los chismes. Toda la familia destilaba frialdad.
Ni hablar del hombre sentado a su lado. Sebastián se servía té con total tranquilidad, ignorando el incendio que había provocado al romper las reglas familiares al involucrarse con la prometida de su primo.
Vera no quería ser parte de ese infierno. Miró los platos sobre la mesa. Justo frente a ella había una bandeja de vegetales y un estofado exquisito. Silenciosamente, soltó los cubiertos.
—Sebastián, Vera no alcanza esos platos, ayúdala un poco —dijo la abuela, recordándole que debían fingir ser un matrimonio armonioso, lanzándole una mirada cargada de reproche.


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