Pedro frunció el ceño visiblemente.
¿Señorita Suárez?
Siete años de matrimonio para terminar reducida a un simple "Señorita Suárez". ¿Y todo para hacer que la mujer que estuvo a su lado por años se apartara del camino por su amante?
Sin embargo, Vera no sintió ninguna punzada emocional. El hotel le pertenecía a la familia Zambrano. La reputación de la marca era importante para ellos; en lugar de armar un escándalo que afectara la imagen del negocio, era más fácil pedirle que diera un paso atrás.
Esa era la forma en que Sebastián resolvía las cosas.
—Es solo una habitación, Vera, no deberías ser tan quisquillosa —intervino Leo Flores, que acababa de colgar el teléfono.
Con el tema de Saúl Jr. aún sin resolverse, ¿no debería Vera estar rogando para caerle en gracia a Silvana y apaciguar las cosas?
Una burla asomó a los ojos de Vera. Con las cartas puestas así, ¿qué más iba a decir?
—Denle un ascenso gratuito a la Señorita Suárez a la suite presidencial —ordenó Sebastián, mirando a la recepcionista. Su pregunta anterior no fue más que un trámite de cortesía; en realidad no le importaba lo que Vera pensara.
La recepcionista se quedó boquiabierta. Pasar de una habitación de dieciocho mil a una suite de trescientos mil. ¡Era como ganarse la lotería!
Silvana no pudo evitar fruncir el ceño. Jamás imaginó que Vera saldría ganando tanto.
Dado que Sebastián había sido tan generoso para solucionar el problema en nombre de Silvana, Vera no dudó, tomó su tarjeta de acceso y caminó hacia los elevadores.
Pedro simplemente asintió con una leve sonrisa protocolar antes de seguirla.
—Justo tenían que querer esa misma habitación. Empiezo a pensar que Silvana vio tu nombre en la reserva y por eso se empeñó en quitártela —comentó Pedro negando con la cabeza.
Después de todo, siendo un hotel de la familia Zambrano, Silvana tenía las conexiones para acceder a los datos de los huéspedes.
Vera entró al elevador y se frotó la sien: —Me da igual. Ve a mi habitación más tarde para que analicemos los pro y los contra de los robots quirúrgicos de Marbella.
—De acuerdo.
Justo cuando las puertas iban a cerrarse, el elevador se abrió de nuevo. Sebastián y su grupo estaban parados afuera.
Leo entró primero e intentó sacar plática: —Director Zárate, escuché que la financiación de Héxilo no va muy bien.


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