Con la vista nublada, Vera se aferró por puro instinto de supervivencia a su salvavidas humano.
El brazo que rodeaba su cintura era firme y sólido.
La sacó a flote en un segundo.
El oxígeno llenó sus pulmones de golpe.
Vera veía todo borroso; el trauma de su accidente pasado la dejó en blanco y temblando de pies a cabeza.
—¿Vera?
Una voz profunda y fría resonó junto a su oído.
Él ya la había llevado hasta la orilla.
Con la cabeza dándole vueltas, abrió apenas los ojos y reconoció la mandíbula perfecta de Sebastián Zambrano.
Tenía el cabello empapado y goteando, y con una expresión glacial, tomó rápidamente una toalla de una silla cercana para envolverla.
A Vera le ardían los pulmones; de por sí estaba resfriada, y con todo el agua que había tragado, sentía que su cuerpo ardía en fiebre.
Sus extremidades no le respondían.
Sebastián la cargó en brazos y salió caminando con pasos largos y decididos.
Iba muy rápido.
Pero ella no sintió ningún movimiento brusco.
Los brazos que la sostenían eran completamente estables.
—¿Señor Zambrano? ¿A quién lleva ahí?
Mientras esperaban el ascensor.
Vera escuchó que alguien llamaba a Sebastián.
Parecía la voz de Lorenzo.
Pero Sebastián no se detuvo, solo se tomó un segundo para subirle un poco la toalla sobre la cara y ocultarla.
Llegaron de vuelta a la suite presidencial en el último piso.
Vera tenía náuseas; Sebastián abrió la puerta del baño de una patada, entró con ella en brazos y la sentó sobre el tocador. Ella de inmediato se quitó la toalla, se inclinó sobre el lavamanos y empezó a escupir el agua.
Le quemaban el estómago y los pulmones.
El cabello oscuro de Sebastián seguía goteando sobre su frente.
Al ver lo mal que la estaba pasando Vera, no dijo ni una palabra, solo levantó la mano y le dio suaves palmadas en la espalda.
Cuando Vera logró recuperar el aliento, sintió el calor de su palma palmeándola rítmicamente.
Se apoyó en el lavamanos y lo miró.
Los ojos del hombre eran como tinta negra, profundos e insondables.
La expresión de Vera se ensombreció aún más.
—¿Por qué urgas en mi maleta?
—Entonces, ¿preferías que te dejara ahogarte en la piscina? —replicó él.
No tenía la menor intención de mostrar consideración hacia ella.
Vera frunció el ceño.
A Sebastián no le parecía gran cosa; después de siete años de matrimonio, había visto a Vera de todas las formas posibles.
Dejó la ropa donde ella pudiera alcanzarla y volvió a cerrar la puerta.
Vera estaba helada, así que no le quedó de otra que ignorar ese detalle.
Sin embargo, esa repentina y olvidada dinámica de pareja la hacía sentir sumamente incómoda.
Con movimientos torpes y rígidos, se cambió de ropa, se secó el cabello y salió apoyándose en la pared.
Le había subido la fiebre y, sumado al tremendo susto, no sentía las piernas.
En cuanto abrió la puerta, se encontró a Sebastián recargado en el marco.
Vera se sorprendió. ¿Aún no se había ido?
Al verla salir, él estiró los brazos para cargarla de nuevo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...