Vera no se esperaba una situación como esa.
Su plan original era terminar la reunión virtual con Pedro Zárate y la gente de Héxilo Digital, y así tener el tiempo perfecto para alistarse y salir a su cita.
¿Quién iba a pensar que unos niños la terminarían tirando a la piscina?
Eso le había provocado una fiebre alta y, encima, se había tomado unas pastillas para la gripe que la habían dejado completamente sedada.
Vera ordenó sus pensamientos, miró la hora, se quitó las sábanas de encima y preguntó: —¿Me prestas tu celular?
Por lo menos tenía que avisarle a Lorenzo; aún estaba a tiempo de ir a verlo.
Se trataba de una inversión de trescientos millones, no era cosa de juego.
—No se puede —respondió Sebastián, lanzándole una mirada tranquila pero con un rechazo bastante contundente.
Vera tardó apenas un segundo en entender el motivo.
Incluso cuando estaban casados, ella nunca había tenido derecho a revisar el celular de Sebastián.
Mucho menos ahora, que su relación con Silvana era tan estrecha, seguramente el teléfono estaba lleno de mensajes privados entre ellos.
Era obvio que no se lo iba a prestar.
Vera miró el teléfono fijo en la mesa de noche, aceptando la situación sin problema: —Está bien. Seguramente tienes el número de Lorenzo, ¿me lo dictas, por favor?
Esta vez, Sebastián no se negó. Sacó su propio teléfono y lo miró.
Pero antes de que siquiera pudiera desbloquear la pantalla, su teléfono empezó a sonar.
Sebastián miró quién llamaba y luego miró a Vera.
Contestó frente a ella.
—¿Sebastián? ¿Estás con Vera, verdad? —se escuchó la voz de Doña Isabel.
Sebastián puso el altavoz. —Sí, aquí estoy con ella.
Sus oscuros ojos no dejaban de observar fijamente a Vera.
Le estaba recordando en silencio que no olvidara su trato de fingir que seguían casados.
Sin otra opción, Vera saludó: —Hola, Abuela Isabel.
La anciana se puso de excelente humor de inmediato: —¡Lo sabía! Sabía que estarían juntos en un día tan especial. Después de todo, es tu cumpleaños. Qué buen detalle de Sebastián el dejar su trabajo para acompañarte. ¿Están en la casa? ¿O salieron a cenar?
Hasta ese momento, Vera lo recordó.
Ese día era su cumpleaños.
Pero Doña Isabel se estaba imaginando cosas.
Sebastián ni siquiera se acordaba de su cumpleaños, y si estaban juntos, era por un mero accidente.
—Me parece bien —aceptó Sebastián sin poner objeciones.
Era evidente que él también quería salir rápido del compromiso.
La grabó a ella en la cama durante unos dos segundos para probar que estaban juntos, y luego enfocó la vista nocturna de la bahía desde la ventana.
Y se lo envió a la anciana.
Doña Isabel respondió de inmediato: —"¿Están en nuestro hotel? Perfecto, eso me facilita las cosas."
Sabiendo que él ya se había encargado de calmar a la abuela, Vera agarró su ropa y se metió a bañar de nuevo.
Tenía que ir a ver a Lorenzo, sí o sí.
Se arregló en tiempo récord.
Cuando salió, descubrió que la puerta de la suite estaba abierta, y el personal del hotel empujaba una serie de carritos hacia el jardín al aire libre contiguo a la habitación.
Salió a echar un vistazo.
El jardín estaba preparado con una mesa para cenar, rodeada de hermosos arreglos de tulipanes azules; era una escena tan espectacular que era imposible apartar la mirada.
Sebastián estaba sentado a la mesa, tecleando ágilmente mensajes en su celular.
Al oír sus pasos, la miró de reojo: —Revisa si se te antoja algo más de la carta para pedirlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...