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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 23

Cuando Vera llegó a la mansión de la familia Zambrano, nevaba intensamente, en pleno invierno.

Entró al ala privada de Doña Isabel trayendo consigo el viento helado.

Al cruzar la puerta, vio a Jimena y a Cecilia sentadas en el salón principal.

Jimena le lanzó una mirada llena de frialdad, aún guardando rencor por la falta de respeto de Vera el otro día.

Ese día en el que Vera, sin dudarlo, les deseó la muerte a todos.

—¡Vera! ¡A ver cómo explicas esto! ¡Fuiste de resentida y celosa a manchar la reputación de Sebastián a propósito, y ahora Doña Isabel vio ese artículo de chismes en internet y se enfermó del puro coraje!—, exclamó Cecilia con el rostro lleno de sarcasmo.

Le echó toda la culpa a Vera sin dudarlo.

Vera frunció el ceño ligeramente.

Miró a Cecilia, que estaba tan ansiosa por condenarla: —En lugar de culpar a los verdaderos responsables del escándalo, viene a atacarme a mí, que soy la víctima. Tía Cecilia, ¿acaso no usa la cabeza?

Además...

Si sabían que debían ocultarle esto a Doña Isabel y aun así no borraron la noticia a tiempo, ¿quién era el que realmente estaba alimentando el escándalo con malas intenciones?

—¡Qué manera tan horrible de hablar!—, Cecilia golpeó la mesa y se puso de pie. —Le faltas al respeto a tus mayores, ¿acaso quieres irte al infierno por insolente?

—Si tanto le molesto, puede morirse usted primero.

Vera ya había perdido la paciencia. No quería seguir escuchando los gritos de Cecilia. Pasó de largo con el rostro inexpresivo, dirigiéndose a la habitación para ver cómo estaba Doña Isabel.

Cecilia se quedó pasmada, sin poder reaccionar ante ese 'morirse usted primero'.

¿Desde cuándo Vera se atrevía a hablarles así a los mayores de la familia Zambrano?

¿Acaso no siempre había sido una mujer sumisa que acataba todas las órdenes?

Cecilia, incapaz de controlar su furia, le gritó a la espalda de Vera: —¡No tienes miedo del castigo divino! Eres una inútil sin valores, ¡y esa Silvana también es una cualquiera de lo peor! ¡Ninguna de las dos vale nada!

Vera se hartó.

Se detuvo y se dio la vuelta.

Y su mirada se cruzó de golpe con la del hombre que ya estaba parado en la entrada.

Sebastián había llegado sin que nadie se diera cuenta.

Llevaba un abrigo negro sobre el brazo. Oculto en la penumbra, sus ojos se veían fríos y oscuros.

Cecilia también notó la presencia de Sebastián, y sus gritos se detuvieron al instante.

Su rabieta se transformó de golpe en pánico.

Vera planeaba recetarle un remedio natural; con un par de tés de hierbas, estaría como nueva.

Después de que el médico familiar salió...

Doña Isabel tomó las manos de Vera: —Vera, mi niña, te han tratado muy mal.

Vera sabía que la anciana se refería al escándalo de las redes sociales.

—No pasa nada.

Simplemente le daba asco.

Doña Isabel suspiró: —No esperaba que las cosas se salieran de control de esta forma. Entiendo cuánto debes estar sufriendo. Esto también es inaceptable para la familia Zambrano. Me encargaré de compensarte; puede ser con propiedades, autos o efectivo, lo que tú quieras.

Vera era una mujer que guardaba secretos.

Y ya no quería tener lazos profundos con la familia Zambrano.

—No es necesario, de verdad estoy bien.

Doña Isabel la miró, y su tono cambió lentamente: —Tú y Sebastián llevan siete años casados. Crecieron juntos. Creciste sin el amor de tus padres, así que la familia Zambrano siempre ha sido tu hogar. ¿Puedo pedirte un favor?

Al escuchar esa frase sobre no tener padres, Vera frotó sus dedos de manera inconsciente: —Dígame.

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