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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 285

Silvana se quedó sorprendida por un segundo.

Pero rápidamente pensó que, como solía aparecer en entrevistas y programas de innovación médica, los grandes expertos del sector seguro veían su trabajo.

Debían estar al tanto de quién era.

Incluso, tal vez la admiraban.

Su ego se infló, sintiendo que estaba a un paso de conseguir su objetivo.

—Es un verdadero honor que me tenga presente. Todo estudiante de medicina sueña con recibir la guía de un maestro como usted.

El Dr. Zárate soltó una risa seca, casi incomprensible: —¿Saulito es su hermano, verdad? Hace un mes, dicen que hizo un tremendo berrinche en mi consultorio y me destrozó bastante equipo valioso.

La sonrisa perfecta de Silvana se congeló de inmediato.

Se quedó rígida.

¡Se había olvidado por completo de ese incidente!

Como no hubo repercusiones legales ni le costó dinero, simplemente lo había borrado de su memoria.

Que se lo echaran en cara de esa manera hizo que el corazón le diera un vuelco.

Sebastián, siempre impasible, miró al Dr. Zárate: —La familia Iriarte consiente demasiado a sus hijos; lamento el malentendido, doctor. A propósito, ¿qué tal ha funcionado el nuevo lote de equipos médicos que Cénit MedTech le donó a las Clínicas CIMA?

Vera lo recordó de golpe.

Aquel día en que Silvana y un estudiante de la Universidad Central casi cometen un error fatal con la medicación de Saúl Jr., intentaron echarle la culpa a Héxilo Digital. Sebastián fue quien limpió el desastre, donando a las Clínicas CIMA equipos de última generación valorados en millones.

Solo por eso, los directivos de Clínicas CIMA retiraron la denuncia que casi destruye la carrera de Silvana.

El Dr. Zárate, por supuesto, también lo recordaba. Sin perder su sonrisa caballerosa, ajustó sus lentes y respondió: —Todos sabemos que Cénit MedTech, bajo el mando del Señor Zambrano, es líder en equipamiento médico. Exportan a tantos países desarrollados que, naturalmente, sus donaciones le han brindado una mejor atención a nuestros pacientes.

Dicho eso, miró fijamente a Silvana: —Ahora que el Señor Zambrano lo menciona, lo recuerdo bien. El problema que causó la Señorita Iriarte aquella vez no fue poca cosa. Los jóvenes deberían aprender a mantener los pies en la tierra.

A Silvana le ardieron las mejillas.

Aunque el Dr. Zárate no alzó la voz ni usó groserías, sus palabras fueron letales.

Le acababan de recordar frente a todos un escándalo por el que casi termina en la cárcel...

Silvana intentó convencerse de que el doctor no lo decía por maldad; a fin de cuentas, él no la conocía personalmente. Seguro solo lo decía como un consejo severo de un mentor a una joven promesa.

¡Si no fuera por la amiga documentalista de Vera, ella jamás habría pasado por ese bochorno!

Silvana miró a Vera con rabia disimulada.

Sintiendo resentimiento, pero obligándose a mantener la compostura, respondió: —Le agradezco el consejo. De hecho, vine hoy precisamente para pedirle una disculpa formal por aquello.

Sonaba muy sincera.

Pero el Dr. Zárate había vivido lo suficiente para calar a la gente al instante. Sabía perfectamente quién se le acercaba por puro interés.

Actuando como si no la hubiera escuchado, se giró hacia Vera: —Cuando termine esto, ¿te vienes a cenar a la casa?

Silvana se quedó de piedra, pasando la peor de las vergüenzas.

No esperaba que el doctor la ignorara de esa forma.

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