Vera no entendió a qué venía ese ataque repentino de Leo Flores.
Fue directa: —¿De quién hablas? ¿Quién se robó a un marido aquí?
Leo se quedó pasmado ante la respuesta.
No esperaba que Vera, en lugar de avergonzarse, tomara el tema con tanta desfachatez y lo desafiara abiertamente.
Frunció el ceño y miró de reojo a Silvana. En verdad, Vera era una mujer sin modales ni vergüenza.
Pero, por supuesto, Vera sabía perfectamente quién era la verdadera rompehogares. Si empezaban a lanzar nombres, ¿quién tendría el valor de responderle?
Si de robar maridos se trataba, Silvana lo hacía a plena luz del día.
Silvana se molestó. Vera estaba intentando atacarla con indirectas; su forma de actuar era baja y calculadora, algo indigno de una persona de clase.
Optó por seguir ignorando a Vera y se dirigió a Leo: —Él es el Director Lucero. Está muy interesado en mi proyecto de la GuíaMédica Robótica. Leo, ¿por qué no conversas un poco con él?
Estaba muy segura de sí misma en ese aspecto.
Leo Flores había rechazado invertir en Héxilo Digital y había puesto su dinero directamente en el proyecto de ella. El apellido Flores tenía mucho peso, y muchos otros empresarios, al ver que él había invertido, no dudarían en seguir sus pasos.
Leo era, en pocas palabras, su mejor publicidad.
No iba a rebajarse a discutir con Vera por sus provocaciones.
Al final del día, Leo y Julián siempre la protegerían, ¿por qué habría de importarle lo que hiciera Vera?
Mientras ella construía su imperio, Vera seguía estancada en envidias y proyectos sin futuro; no había punto de comparación.
Leo asintió y se acercó al Director Lucero.
Sebastián Zambrano apenas le dirigió una mirada apática a Vera antes de darse la vuelta para contestar una llamada.
En todo el rato, ni siquiera se habían saludado.
Nadie en la sala podría imaginar que llevaban siete años casados.
Pedro, que conocía a Vera desde joven, no soportaba ver cómo la trataban. —Si no fuera porque Doña Isabel tiene secuestrada tu acta de matrimonio y lo de Lina aún no está resuelto, desenmascararía a esa querida aquí mismo, a ver quién se ríe al final.
Pero lamentablemente, la familia Zambrano jugaba sucio.
La tenían atrapada.
Vera también deseaba acabar con la farsa, pero debía actuar con cabeza fría.
Pensó que la prioridad era presionar a Sebastián para avanzar con el divorcio.
Por su lado, Leo Flores terminó de charlar con el inversor y le aseguró un nuevo socio a Silvana.
La sonrisa de Silvana se volvió aún más dulce: —Gracias por apoyarme tanto.
Leo le restó importancia: —Es lo mínimo que puedo hacer. La familia Flores aún tiene una deuda de gratitud contigo; siempre lo tendré presente.
Silvana estudió la expresión de Leo.
Y tanteó el terreno: —¿Tu abuelo no te ha comentado nada?
—¿Comentar qué? —Leo pareció recordar algo—. Ah, sí. Seguro no lo sabes, pero Vera Suárez intentó robarse el crédito de haber salvado a mi abuelo, pero él la descubrió. La reputación de la famosa señora Zambrano ya está destruida frente a mi abuelo.
El rostro de Silvana cambió ligeramente.
Miró a Leo de reojo.
Y ató cabos al instante.
El anciano la había confundido con la esposa de Sebastián, y ahora Leo creía que Vera, la verdadera esposa, había intentado robarse el "mérito" de Silvana...
No lo corrigió.
Ese malentendido solo le traía beneficios. Además, ahora que Leo era su aliado, no había necesidad de aclarar las cosas; que él odiara aún más a Vera le convenía a la perfección.

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