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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 29

Vera se quedó paralizada por unos segundos.

No podía creer que la abuela fuera en serio con eso de buscarle un nuevo marido.

¿Ya lo estaba poniendo en marcha tan rápido?

—Abuela Isabel, de verdad no estoy buscando nada de eso en este momento—, Vera se frotó las sienes.

Le resultaba muy difícil lidiar con esta clase de cariño sofocante.

—Pero ya te lo agendé, mi niña. Tómatelo como una oportunidad para hacer amigos. Siempre es bueno conocer a gente nueva, ya después veremos si pasa a algo más, ¿de acuerdo?—, la anciana intentaba persuadirla con un tono dulce pero firme.

—Hoy a las ocho. Arréglate muy bonita.

Por miedo a que Vera la rechazara otra vez, Doña Isabel cortó la llamada inmediatamente.

Vera se quedó viendo la pantalla del teléfono: "..."

No sabía ni qué decir.

La manera en que la abuela intentaba compensarla por los errores de Sebastián era demasiado agresiva.

Miró la hora. Eran las seis y media.

Lo pensó un poco y decidió que lo mejor sería ir. Al menos para dejarle las cosas claras al tipo de la cita, y así evitar malentendidos para todos.

-

El lugar que Doña Isabel había elegido era El Firmamento Club, el lugar más lujoso y exclusivo de la capital.

Era una versión mucho más elegante y ostentosa que cualquier casino de lujo, pura opulencia y exceso.

El boleto electrónico indicaba que la reservación estaba en el quinto piso.

Ahí había palcos VIP privados donde podías cenar y ver los espectáculos.

Vera confirmó el número del palco, llegó a la puerta y, tras revisar que fuera el correcto, tocó un par de veces.

Nadie respondió. Probablemente no la escucharon, o tal vez la otra persona aún no había llegado.

Vera no le dio muchas vueltas al asunto y empujó la puerta ligeramente.

Al posar la mirada hacia el interior, se quedó petrificada.

Ya había alguien adentro.

Frente al inmenso ventanal, estaba Sebastián Zambrano. Tenía una mano en el bolsillo del pantalón, luciendo una figura alta e imponente.

Silvana estaba frente a él. Se paró de puntitas para arreglarle la corbata. Ambos cruzaron miradas y, lentamente, Silvana se acercó para besarlo...

Aunque ella ya sabía perfectamente que tenían una aventura.

Verlos a punto de besarse frente a sus propios ojos, provocó que la mente de Vera se quedara en blanco por una fracción de segundo.

Se olvidó de cómo reaccionar.

Fueron siete años de matrimonio. Hubo amor, y la costumbre aún quedaba. Aunque ella intentaba salir de ese pantano, los instintos que construyó como esposa a lo largo de los años se manifestaron en una pequeña punzada de dolor.

En un acto de pánico, intentó cerrar la puerta.

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