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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 310

Aquella voz estaba teñida de una gélida advertencia y de un sutil... reclamo de territorialidad.

Hizo parecer a Vera como una mujer desesperada que intentaba insinuarse y seducir al novio de otra.

En cuestión de segundos, varias personas que escucharon a Silvana voltearon a mirar desde la distancia.

Vera ni siquiera miró a Sebastián; simplemente levantó la mano, empujó su pecho y marcó distancia entre los dos.

Ivonne ya se había adelantado. Sabía perfectamente que el comentario de Silvana buscaba dejar a Vera en ridículo frente a todos, así que soltó una risa sarcástica:

—Señorita Silvana, ¿en calidad de qué exactamente está exigiendo eso? ¿Podría iluminarnos a todos con su grandioso título?

¡Quería ver de dónde sacaba el descaro esa amante para darle órdenes a Vera!

Leo intercedió:

—Solo les pidió que tuvieran un poco de decoro, no hay necesidad de armar un drama de la nada.

Vera casi se echa a reír. ¿Ahora resultaba que ellas eran las dramáticas?

¿Acaso no fue Silvana la que empezó el teatrito?

Silvana entendió que Ivonne intentaba sacar a relucir su verdadero estatus. Sin embargo, no mordió el anzuelo y se dirigió directamente a Leo:

—Solo quería hacerle una advertencia amistosa. No me gustaría que por un comportamiento inadecuado empezaran a circular chismes sobre ella. Después de todo, ya es bastante difícil para una mujer abrirse paso en el mundo laboral.

Ivonne no daba crédito a lo que escuchaba.

¿Ahora resultaba que se preocupaba por la reputación de Vera?

¡Ellos llevaban años casados, no necesitaban su "bondad"!

Leo suspiró:

—Lástima que algunos no sepan apreciar las buenas intenciones y te tachen de celosa.

Silvana negó con la cabeza, sonriendo con falsa modestia:

—Solo es un juego. Si quieren tergiversar las cosas, no hay nada que pueda hacer.

Vera tenía que reconocer que Silvana era una maestra en el arte de la manipulación. Con un par de frases, había logrado invertir los papeles: ahora Vera era la mujer que se le insinuaba a un hombre comprometido y que, para colmo, atacaba a la pobre y bondadosa novia oficial.

—Vera, ven aquí un momento —Lorenzo intervino de golpe, con el rostro serio, interrumpiendo antes de que la discusión escalara más.

Él también había presenciado la cercanía entre Vera y Sebastián.

Y por un instante, había notado una armonía tan natural entre ellos, como si llevaran años compartiendo esa intimidad. Eso hizo que su estado de ánimo cayera en picada.

Una sensación amarga e indescriptible le revolvió el estómago.

Se acercó a Vera, pero clavó la mirada en Sebastián:

—Señor Zambrano, supongo que eso fue solo para no perder la competencia, ¿verdad?

Sebastián bajó el arco lentamente y respondió con frialdad:

—¿Qué otra cosa sería?

Esa respuesta pareció tranquilizar a Lorenzo. Luego se giró hacia Vera, con un tono lleno de insinuaciones:

Doña Elia asintió satisfecha.

Luego, se giró para conversar plácidamente con Vera.

Al notar el interés de Doña Elia por Adriano y el trato tan cálido que le daba a Vera, Silvana entrecerró los ojos. Esa amabilidad inusual la irritó profundamente.

De repente, dejó caer la bomba:

—Presidenta, escuché el rumor de que el Señor Herrera tiene un compromiso matrimonial con la familia Valdés, ¿es cierto?

Vera levantó la vista.

Finalmente, el momento había llegado.

La expresión de Doña Elia se suavizó de inmediato:

—Así es. Tengo una nieta, y ambas familias acordamos el matrimonio desde que ella estaba en la cuna. Tenemos el documento que lo comprueba.

Pero...

La mujer, usualmente imponente y enérgica, de pronto pareció ensombrecerse:

—Pero mi pobre niña... a saber en qué parte del mundo estará ahora...

Vera no tenía tiempo para descifrar el jueguito de Silvana. Simplemente le dio unas palmaditas suaves a Doña Elia en el brazo:

—Volverá a casa, se lo aseguro.

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