Pedro Zárate también comprendió de inmediato la verdadera intención de Silvana.
Venir tan rápido a presionar dejaba su objetivo demasiado claro.
Vera sonrió con ironía.
—Héxilo es Héxilo, y la base de datos es la base de datos. ¿Qué te hace pensar que Faye te va a hacer obras de caridad?
Silvana no pudo evitar reírse, incrédula.
—Vera, ¿qué tiene que ver este asunto contigo?
¿Desde cuándo Vera tenía derecho a hablar en esta reunión?
Dicho esto, se puso de pie y miró a Pedro con fingida lástima.
—Director Zárate, usted sabe cómo es esto. Lidero un equipo enorme y no puedo tomar decisiones basándome solo en favores personales; de lo contrario, mis subordinados perderían el respeto por mí. Se lo diré claramente: mi equipo quiere renegociar la tarifa. Si no llegamos a un acuerdo, para proteger nuestros propios intereses, nos veremos obligados a... rescindir el contrato.
Vera entrecerró ligeramente los ojos.
Esto sí que era inesperado.
Sabía perfectamente cuánto necesitaba Silvana su base de datos.
¿Y ahora quería cancelar el contrato solo por este incidente?
Pedro esperó a que continuara.
Silvana se preparó para irse.
—Firmamos un contrato previamente, y estipula que, en caso de incumplimiento, la tarifa de derechos no se reembolsa. Qué conveniente. Solo he pagado un año. Como Héxilo seguramente tendrá que lidiar con toda esta publicidad negativa, consideren ese dinero como mi pequeño aporte de buena fe. Estoy segura de que volveremos a colaborar en el futuro.
Había soltado su discurso a la perfección.
Vera se dio cuenta de que Silvana había venido hoy con el único propósito de romper el contrato.
Lo de reducir el precio seguramente era una mera farsa.
Pedro miró a Vera, quien no mostró reacción alguna. Entonces, finalmente respondió:
—Supongo que no estábamos destinados a trabajar juntos. No se preocupe, Señorita Iriarte, en Héxilo no obligamos a nadie.
Silvana sonrió satisfecha.
—Qué bueno que el Director Zárate lo entienda.
—César, acompáñala a la puerta —ordenó Pedro, dejando claro que no tenía intención de seguir charlando.
Silvana estaba de muy buen humor. Antes de salir, miró a Vera, como si de repente hubiera recordado algo.
—El domingo es el aniversario luctuoso del abuelo. ¿Vas a ir? Sebastián y yo llegaremos un poco tarde.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano