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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 355

El corazón de Silvana dio un vuelco.

Con esta jugada, Vera había ganado tanto fama como fortuna.

Ella juraba que Cénit MedTech se iría a la ruina, que pasaría al menos un año en crisis y que, sumado a la supuesta incompetencia de Vera, la empresa caería en picada hasta desaparecer.

Y ahora...

Le zumbaba la cabeza.

Ver cómo Vera —la misma chica que desde pequeña había pisoteado y que había sido desterrada a un pueblo perdido— ahora la superaba de esta forma, era algo que su orgullo no podía soportar.

En ese momento, Julián Valdés le mandó un WhatsApp: «¿Qué pasó?».

Julián también había visto las noticias.

Silvana respiró hondo antes de teclear: «Me tendió una trampa. Vera me odia muchísimo».

Al ver el mensaje de Julián, Beatriz tuvo una epifanía.

—Míralo por el lado bueno —dijo, intentando animarla—. Al menos los amigos cercanos de Sebastián siguen de tu lado. Tienes al joven Leo y al señor Valdés. Vera no tiene a nadie que la respalde. Tienes que cultivar muy bien tu relación con ellos; en el futuro serán tu mayor ventaja.

Especialmente la familia Valdés.

Tenían conexiones muy complejas y el respaldo indiscutible de la presidenta Valdés, Doña Elia.

Beatriz no se preocupaba por Leo Flores, después de todo, él seguía sintiéndose en deuda porque Silvana le había salvado la vida. Pero con Julián Valdés... algo en la mente de Beatriz hizo clic. Sus ojos brillaron con cierta astucia y recalcó:

—Asegúrate de mantener muy contento al señor Valdés.

Sobre todo ahora, que las cosas con la familia Zambrano estaban tan tensas. Necesitaban otras influencias poderosas para mantenerse a flote.

Silvana suspiró, frustrada.

—El señor Valdés es muy bueno conmigo, pero a la presidenta Valdés yo no le agrado para nada. Sería increíble lograr que Doña Elia me debiera un favor, pero es prácticamente imposible... a menos que lograra encontrar a su nieta perdida.

Beatriz se sorprendió de pronto.

—¿Su nieta?

—La heredera de los Valdés que desapareció hace más de veinte años. El otro día lo mencionaron. Dijeron que llevaba puesto el amuleto de Jade Imperial. Pero si ni siquiera la familia Valdés ha podido encontrarla en todo este tiempo, mucho menos yo.

Además, aunque a la familia le había molestado enormemente que Vera llamara a Silvana «concuñada» públicamente, nadie la reprendió de manera directa.

—Esta noche le pediré a Sebastián que pase a buscarte y vengan a la mansión. Es nuestra cena familiar mensual —le dijo Doña Isabel por teléfono. Su tono seguía siendo afable, pero llevaba una orden implícita que no admitía réplica.

Vera sabía que no podía escapar de este compromiso.

—Iré por mi cuenta —respondió.

Considerando lo mal que estaban las cosas con Sebastián, y que apenas podían tolerar verse a la cara, no había necesidad de someterse al suplicio de ir juntos en el mismo auto.

Doña Isabel tampoco tenía tiempo ni ganas de lidiar con las reservas de Vera; lo único que le interesaba era que la chica se presentara. Así que aceptó.

Vera alargó el momento de salir lo más que pudo, hasta que ya no tuvo más remedio que conducir hacia la mansión.

Apenas estacionó en el garaje, vio que Sebastián también estaba bajando de su auto.

Bajo la penumbra de la noche, la mirada del hombre parecía especialmente oscura y profunda. Vera se dio media vuelta, dispuesta a caminar rápido; sabía que Sebastián aprovecharía para reclamarle por su «lengua suelta», por haber convertido a su amada e intocable Silvana en su concuñada, destruyendo así cualquier posibilidad romántica entre ellos.

Seguramente él estaba a punto de pasarle la factura por lo que hizo.

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