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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 356

O quizá la factura ya se la estaba cobrando ahora mismo.

Después de todo, se había entregado en bandeja de plata al venir a la mansión. Vera sonrió con ironía al pensar: ¿Hasta dónde sería capaz de llegar su esposo de los últimos siete años?

Para Sebastián y Silvana, ella era la villana envidiosa que les había puesto la zancadilla.

Pero la verdad era que a Vera le tenía sin cuidado lo que ellos pensaran.

Con sus piernas largas, Sebastián la alcanzó en dos o tres zancadas. Mantuvo la vista al frente, y su expresión era indescifrable.

—Mi Sol, veo que andas con mucho temperamento últimamente.

Su voz, rompiendo el silencio nocturno, sonó escalofriantemente fría.

No estaba segura de si había un tono de burla en sus palabras.

Vera ni siquiera volteó a mirarlo, pero sabía perfectamente que él se refería a su drástica decisión de exponer a Silvana como su casi concuñada.

—El hecho de que no haya dicho públicamente que ustedes dos tienen una aventura inmoral y denigrante ya es un acto de pura caridad de mi parte. Les estoy ayudando a mantener las apariencias. Deberías darme las gracias.

Vera estaba afilada como un cuchillo.

Fue entonces cuando Sebastián bajó la mirada para observarla.

Justo en ese momento, llegaron a la puerta principal.

El personal de servicio se acercó de inmediato, con actitud sumisa, para recibirles los abrigos.

Para ser la cena mensual, la asistencia era bastante alta.

Salvo por el patriarca, Don Elías Zambrano, y Sergio Zambrano, que estaban en el extranjero, además de Claudio Zambrano que seguía sin salir, prácticamente toda la familia estaba ahí.

El comedor de los Zambrano era inmenso, pero todos se acomodaban en pocas mesas.

Ellos tomaron asiento en la mesa principal. Hoy en día, Vera ya no tenía la necesidad ni las ganas de aparentar simpatía para ganarse el favor de los mayores de la familia, como solía hacer años atrás. Ni siquiera se molestaba en ser diplomática; saludó a Doña Isabel con lo mínimo indispensable y se sentó.

La tía Cecilia no ocultó su disgusto. Le lanzó una mirada despectiva a Vera y dijo:

—Con tal de conseguir lo que quieres, no te importa tirarnos tus problemas encima. Vaya que tienes tus propios trucos escondidos, Vera.

Para la tía Cecilia, Vera había revelado «a propósito» su relación de concuñada con Silvana, arruinando así cualquier romance entre la chica y Sebastián. ¡Pero a una mujer con esa reputación, su hijo Claudio jamás la aceptaría de vuelta como si fuera mercancía usada!

Vera sostuvo su vaso de agua sin dignarse a levantar la mirada.

—Así es. De un tiempo para acá, estar cerca de personas como usted me ha llenado de estrés. El doctor me recomendó que, si tengo ganas de enojarme, lo haga. Ya no estoy para aguantar tonterías de nadie.

El rostro de Cecilia se retorció. Estaba furiosa y loca por darle una lección.

—¿Me estás insultando? Sebastián todavía no ha tomado el control total de la familia, ¿con qué derecho te atreves a darme aires de gran señora?

Sebastián apartó la silla junto a Vera y se sentó. Mientras se servía té con parsimonia, preguntó:

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