Vera frunció el ceño, intrigada:
—¿Quién?
Al entrar a la sala de recepción, sus sospechas se confirmaron en el instante en que vio a Silvana Iriarte.
Silvana estaba sentada con las piernas cruzadas y la postura erguida. Al escuchar la puerta, levantó la mirada sin ninguna prisa.
No pareció sorprenderle ver a Vera allí y habló con total descaro:
—La casa por la que dejaste el depósito... me gustó para mí.
Vera la miró con absoluta frialdad:
—¿Y eso qué?
—Ponle un precio. La voy a comprar —respondió Silvana, yendo directo al grano, con esa arrogancia de quien cree que el mundo entero debe apartarse de su camino.
Vera esbozó una sonrisa cargada de sarcasmo:
—Si tanto te gusta probar lo que es de otros, ¿por qué no te tomas el agua del trapeador la próxima vez? O mejor, pediré que un camión de basura pase por tu casa para que te des un festín.
La expresión de Silvana se congeló por un par de segundos.
¿Le estaba diciendo que comiera... basura?
Frunció el ceño y contraatacó con desdén:
—Vulgar y corriente. Con razón Sebastián no te soporta.
Sin esperar respuesta, continuó con un tono frío y autoritario, dejando claro que no estaba negociando:
—Solo te pregunto una cosa: ¿Vas a cederme la casa o no?
Ahora que Vera conocía la verdadera identidad de Silvana, le era imposible tenerle siquiera una onza de paciencia. Se giró hacia Zarco y, dejando en claro que no iba a ceder, le dijo:
—Tráeme los papeles, voy a firmar ahora mismo.
Ignoró por completo las quejas de Silvana.
Zarco miró a Silvana con evidente nerviosismo.
Él sabía muy bien quién era ella. Recientemente había aparecido en un programa médico famoso como una doctora estrella, y todos sabían que sus conexiones eran poderosas.
Zarco, siendo un hombre que sabía leer la situación, no pudo evitar aconsejar a Vera:
—Señorita Suárez, tal vez no lo sepa, pero esta señorita parece ser la futura señora Zambrano. Ya sabe quién es la familia Zambrano, ¿verdad? La familia más poderosa del país. Es la pareja del Señor Zambrano, un titán en el mundo financiero. Lo mejor para usted sería no ofenderla.
El ceño de Vera se profundizó de inmediato.
Silvana, en cambio, escuchó perfectamente cómo intentaban convencer a Vera para que "conociera su lugar".
Las comisuras de sus labios se elevaron al instante.
Miró a Vera con una sonrisa burlona; su humor había mejorado notablemente.
Luego se puso de pie con elegancia.
—No es necesario que la convenzas. Al final, terminará cediendo por sí sola —dijo Silvana.


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