Sebastián se dio la vuelta y se dirigió al estudio a buscar algo.
En cuestión de minutos, había desembolsado doscientos millones solo para comprarle una sonrisa a Silvana.
¿Que lo esperara?
¿Acaso se había vuelto loco?
Llevaba días sin dormir en la mansión y, al parecer, Sebastián ni siquiera se había dado cuenta.
¿Cuánta indiferencia se requería para llegar a ese nivel?
Vera tuvo ganas de reírse a carcajadas.
Sin importarle lo que él hiciera, tomó su foto familiar y salió de la casa.
Cuando se subió a su viejo cacharro, descubrió con frustración que estaba averiado de nuevo.
El motor no encendía.
Por más que intentó, el auto se declaró en huelga.
Cuando tienes mala racha, hasta los fierros se burlan de ti.
Miró la hora: pasaban de las ocho de la noche.
No le quedó más remedio que bajar a revisar, aunque sabía que era inútil.
Sebastián salió de la casa justo en ese momento. Reconoció el auto de Vera; era el mismo que manejaba desde que se casaron.
Subió a su impecable Maybach y le pidió al chofer que se acercara a ella. Bajó la ventanilla.
—¿Vas a regresar al hospital? Sube, te llevo. Me queda de paso.
Vera se giró para mirarlo, sin mover un músculo.
—Hernán, ábrele la puerta a la señora —ordenó Sebastián con voz monótona, ignorando la expresión de desconfianza de ella.
El chofer bajó de inmediato y abrió la puerta trasera.
—Señora, por favor.
Vera no esperaba tanta "amabilidad" de su parte en ese momento.
Pero sabía que el auto estaba muerto, estaban en un residencial privado exclusivo donde no entraban taxis, y caminar hasta la avenida principal le tomaría una eternidad.
No tenía sentido congelarse solo por orgullo.
Subió al auto.
Se sentó en el asiento trasero junto a Sebastián, manteniendo una distancia prudente.
Él no despegó la vista de su iPad. No tenía ninguna intención de hacer plática.
Vera agradeció el silencio.
El auto salió de la zona residencial y, a los veinte minutos, justo antes de incorporarse al tráfico de la ciudad, el celular de Sebastián empezó a sonar.
Vera iba mirando por la ventana, pero los cristales del Maybach estaban tan limpios que pudo ver perfectamente el reflejo de la pantalla del teléfono.
—Baby.

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