Entrar Via

Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 39

Vera no tenía idea de cómo una niña tan pequeña se había dado cuenta.

Se enorgullecía de ser alguien capaz de ocultar sus emociones detrás de una máscara impecable, pero Lina la había descubierto al instante.

No era que estuviera triste, ni mucho menos deprimida.

Simplemente sentía que el peso de tantas decepciones acumuladas la asfixiaba, atoradas en su pecho sin encontrar una salida.

—No, mi amor, ¿cómo crees? —Vera apretó el teléfono, forzando una sonrisa mucho más suave—. ¿Ya te bañaste, preciosa?

Lina asintió con la cabeza, pegando su mejilla a la pantalla del celular como si intentara consolarla en silencio.

—Mami, no estés triste. Ya sé que me estás cambiando de tema, pero no importa. Cuando vuelva contigo, te prometo que vas a ser muy feliz.

Vera se apresuró a voltear la cámara hacia su pecho.

Levantó la cabeza para intentar contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse.

Pero fue inútil.

Con todo lo que había pasado en las últimas semanas, por más que intentara fingir que era de acero y actuara con frialdad...

La verdad es que solo estaba aguantando.

Y no tenía otra opción más que aguantar.

Cuando el dolor no tiene por dónde salir, fingir que no pasa nada es el único mecanismo de defensa que queda.

Vera se secó los ojos rápidamente con la manga del abrigo y volvió a sonreír a la cámara.

—Está bien, mi amor. Aguanta un poquito más. Te prometo que muy pronto podré tenerte bajo la luz del sol.

***

Por culpa de haber esperado en la calle congelada la noche anterior, Vera atrapó un resfriado terrible.

Para colmo, odiaba tomar medicina. De niña, su maestro la obligaba a identificar y probar remedios naturales, lo que le generó un rechazo casi físico a cualquier jarabe o píldora.

Su plan era aguantar un par de días hasta que el virus pasara solo.

Antes de terminar el año, su principal tarea en Héxilo Digital era aprobar los nuevos proyectos.

Quería dedicar todos sus esfuerzos de cara al nuevo año a la promoción de la medicina natural. Últimamente, por culpa de farsantes, diagnósticos imprecisos y remedios de mala calidad, esta rama médica había caído en el descrédito.

La opinión de la gente estaba muy polarizada.

Y ese era el desafío que ella quería conquistar.

La figura alta y de piernas largas de Sebastián Zambrano destacaba entre la multitud. Ese porte imponente y la elegancia que solo el dinero viejo te da eran imposibles de ignorar.

Llevaba en brazos al malcriado de Saúl Jr., que se veía decaído.

A su lado caminaba Silvana, revisando unos recibos médicos.

La perfecta imagen de una "familia feliz".

El dicho de "amar a alguien implica amar a los suyos" le quedaba como anillo al dedo a Sebastián.

Por amor a Silvana, se desvivía por el hermano menor de ella, acompañándolos personalmente al doctor.

Quizás porque la mirada de Vera fue demasiado directa, Sebastián giró la cabeza justo antes de entrar al consultorio.

Sus miradas se cruzaron durante dos interminables segundos.

Luego, él apartó la vista con una indiferencia gélida, como si ella no existiera.

Silvana también la vio.

Pero no le preocupaba que Vera le hiciera una escena o gritara que él era su esposo; sabía que la otra no era tan estúpida como para humillarse en público.

Confiada en su victoria, Silvana se colgó del brazo libre de Sebastián con total naturalidad.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano