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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 581

—Tenemos que buscar la forma de rebajar la posición de esa amenaza dentro de la familia Valdés —una chispa sombría cruzó los ojos de Beatriz.

Silvana lo reflexionó profundamente.

Parecía que sí tendría que lidiar con esa tal Viviana.

-

Los invitados de los Valdés llegaban sin cesar.

Vera caminaba por los jardines de la propiedad cuando vio el mensaje que le había enviado Adriano: «Lina está conmigo, ¿dónde estás?»

Vera le preguntó su ubicación exacta.

Guardó el teléfono y se dirigió hacia allá.

Fue guiándose por los pasillos, y al cruzar un largo corredor, se topó de frente con Viviana, que estaba organizando a los sirvientes.

Viviana no tenía ningún aire de grandeza e incluso ayudaba con sus propias manos.

—A Doña Elia no le gustan los arreglos florales ostentosos. Cambien todas las flores por tonos más sobrios, no deben robar protagonismo. Gracias por su esfuerzo —decía Viviana, manteniendo siempre una sonrisa cálida.

Hacía todo lo que estaba a su alcance con total dedicación.

Vera observó a los empleados.

Todos parecían apreciar mucho a Viviana, escuchándola con sonrisas genuinas.

Tanto que...

Al verla, Vera sintió una extraña e indescriptible sensación de incomodidad.

Después de todo, según lo que Ivonne Herrera le había contado, la esposa de Ciro Valdés había patrocinado a Viviana durante años, abriéndole el camino, dándole los recursos para sobrevivir; fue, sin exagerar, su gran benefactora.

Y sin embargo...

Le había robado al marido, rompiendo una familia y provocando la crisis emocional que llevó a su muerte. ¿Cómo podía decirse que no tenía nada que ver con esa tragedia?

Vera frunció ligeramente el ceño.

Estaba sumida en sus pensamientos.

—¿Señorita Suárez?

Viviana ya se había acercado a ella, mirándola con gentileza: —Doña Elia está recibiendo invitados en el otro patio, ¿desea que la acompañe hasta allá?

Creyó que Vera se había perdido.

Apretó los labios.

Y caminó directamente hacia ellas.

—Señorita Iriarte —Viviana fue la primera en notarla y la saludó.

Vera se dio la vuelta al escucharla.

Silvana ya estaba frente a ellas. Ya no quedaba rastro de la humildad y gentileza que solía fingir; ahora lucía fría y arrogante. Ignoró por completo a Vera y fijó su mirada altiva en Viviana: —Tal vez muy pronto tendrás que cambiar la forma en la que me llamas.

Viviana se sorprendió un poco, pero asintió con una sonrisa suave: —Tienes razón.

A Silvana no le gustaba nada la actitud de Viviana. Esa aparente dulzura y buen carácter la hacían quedar a ella como la irracional.

Entonces habló: —Ya estoy al tanto de todo lo que pasó en esta familia. Mi mamá me contó muchos detalles del pasado.

Viviana la miró sin cambiar de expresión.

Vera, de pie a un lado, pudo percibir el inconfundible olor a... pólvora.

Claro que, desde su perspectiva, esa tensión provenía únicamente de Silvana, mientras que Viviana parecía no inmutarse, tolerando la arrogancia de la joven.

—Aunque haya quedado en el pasado, no significa que no haya existido. Creo que hay ciertos pecados que uno debe pagar toda la vida. Quien sufrió ya no está, así que yo soy la única víctima que queda de todo aquello —dijo Silvana con voz gélida.

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