Vera no sentía que estuviera exagerando en absoluto.
Su marido, con quien aún no había firmado el divorcio, estaba allí presente, apoyando ciegamente a otra mujer. Si ella no se mostraba firme, terminarían pisoteándola hasta dejarla hundida en el lodo.
No podía contar con nadie.
No podía depender de nadie.
Incluso si tenía que tirar todo por la borda, esa era su única salida.
Era evidente que nadie esperaba que Vera reaccionara de forma tan implacable.
Un fugaz destello de irritación cruzó por los ojos de Silvana.
Había asumido que Vera, como siempre, agacharía la cabeza y se tragaría su orgullo. ¿Acaso no había sido siempre una mujer dócil y sumisa?
Si realmente mostraban los videos, ¿no quedaría en evidencia que ella había tropezado sola y permitido que todos culparan a Vera?
—Vera, aprende a dejar ir las cosas. Silvana ya te perdonó la vida, ¿qué ganas con seguir haciendo un escándalo?— Leo creía genuinamente que Silvana había sido demasiado tolerante.
Y Vera, en cambio, estaba siendo un dolor de cabeza irracional.
Vera miró a Leo, que parecía dispuesto a morir en la línea de batalla por defender a Silvana.
Ni siquiera sabía si Leo lo hacía porque Silvana era la intocable amante de Sebastián, o simplemente porque Silvana había nacido con la suerte de tener al mundo entero comiendo de su mano, defendiéndola a capa y espada.
Eso la hizo sentir increíblemente sola.
Sintió un escozor en la nariz. Al fin y al cabo, solo tenía 26 años. Enfrentar una cacería de brujas tan injusta frente a tanta gente no era algo que pudiera resbalarle sin causarle dolor.
—Sigo firme en lo que dije. Revisen las cámaras—, repitió Vera, pronunciando cada palabra con determinación.
Solo entonces, la expresión de Silvana se desmoronó levemente.
Si el video salía a la luz, ¿cómo la iban a mirar los demás?
Por inercia, su mirada buscó a Sebastián, quien hasta el momento no había tomado partido.
El hombre estaba de pie a solo un par de pasos de Vera.
Desde su ángulo, casi parecía que Sebastián y Vera estaban en el mismo bando.
Silvana apretó los labios y frunció el ceño con ansiedad.
—Sebastián...— quiso llamarlo para que volviera a su lado.
Sabía que el único capaz de resolver el desastre era él.
Vera también clavó su mirada gélida en Sebastián.
Los ojos claros de Sebastián se fijaron en los de Vera. Después de unos eternos segundos...

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