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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 824

Gisela ignoraba un detalle que incluso a Vera le tomó por sorpresa: Adriano no le había revelado a su madre el lazo sanguíneo entre Vera y los Valdés.

Ciro Valdés se giró hacia Gisela y respondió:

—Soy el padre de Vera.

La sonrisa de Gisela se congeló por un instante.

—¿Padre?

La lista de invitados había sido elaborada personalmente por Adriano. Gisela no sabía bajo qué pretexto había sido invitado Ciro. Escuchar de repente la palabra «padre» la dejó conmocionada.

¿Qué relación podía haber entre Vera y los Valdés?

—Las únicas personas que pueden entregarme en el altar son mi abuelo Abelardo o el Maestro Cárdenas —dijo Vera con absoluta frialdad, rechazando de tajo la petición de Ciro Valdés, sin importarle en absoluto las emociones de Gisela.

Ciro se quedó atónito. Sus palabras fueron como una puñalada directa al corazón.

—Vera, ¿todavía me guardas rencor, verdad?

Había llegado ese día lleno de ilusión, esperando que, al presentarse como su padre, ella lo aceptaría y le permitiría caminar a su lado.

Vera se dio la vuelta.

—No es cuestión de rencor. Nunca esperé nada de usted, así que no hay nada que perdonar.

Ciro se paralizó, mirándola con un torbellino de emociones encontradas.

Imaginaba que Vera aún no podía olvidar el secuestro, cuando él había preferido salvar a Viviana.

La expresión de Gisela también vaciló. Esto se salía por completo de su control. Por más que había calculado todo, se le había escapado un factor crucial.

Si los Valdés se metían en el acuerdo entre los Herrera y los Zambrano, ¿qué pasaría?

Cuando los Zambrano consiguieran la custodia de Lina, y la familia Valdés descubriera la verdad, todo desembocaría en una guerra abierta entre los Valdés y los Herrera.

Gisela frunció el ceño con preocupación.

Pero a Vera no le importaba en absoluto lo que Gisela o Ciro Valdés estuvieran pensando.

Tomó los bordes de su vestido y, sin siquiera esperar la señal para el siguiente evento en el itinerario, caminó decidida hacia las inmensas puertas del salón. Con un fuerte empujón, las abrió de par en par. Todos los invitados, ya sentados, giraron la cabeza al instante.

Según el protocolo, esas puertas no debían abrirse hasta que llegara el momento indicado para la gran entrada de la novia.

Pero ahora...

Cientos de ojos se clavaron en Vera, de pie bajo el umbral.

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