Lorenzo no sabía mucho sobre Silvana, pero en los últimos meses la había visto en varios artículos de noticias y entrevistas. Levantó su copa hacia Sebastián:
—Es un hombre muy afortunado, Señor Zambrano. ¿Tengo entendido que la señorita Iriarte ganó un premio internacional el año pasado?
Silvana estaba de mal humor después del comentario irónico de Vera, pero al escuchar que Lorenzo mencionaba el currículum del que tanto se enorgullecía, esbozó una sonrisa:
—Solo participé. No fui una de las investigadoras principales.
De nada le servía a Vera tener una lengua afilada.
Con ese mismo esfuerzo, mejor debería pensar en cómo igualar sus logros profesionales.
Pero, claro, Vera tenía una visión tan limitada del mundo que solo servía para albergar rencores mezquinos.
—La señorita Iriarte es demasiado modesta. Para caminar del brazo del Señor Zambrano, es evidente que debe ser alguien excepcional —añadió Lorenzo.
Pedro Zárate no pudo soportarlo más y soltó una mirada afilada:
—Así es. La señorita Iriarte ciertamente es todo un ejemplo de la... mosquita muerta perfecta.
Silvana se quedó paralizada por un momento.
Ese comentario de Pedro... ¿Era un cumplido o un insulto encubierto?
Esta vez, Sebastián le dedicó una mirada fría e indiferente a Pedro:
—Es muy raro escuchar al Señor Zárate elogiar con tantas ganas a una dama.
Pedro:
«...»
Las palabras de Sebastián se sentían como una piedra en el estómago.
Estaba protegiendo claramente a Silvana, tergiversando un insulto sarcástico para validarlo como un elogio.
Pedro frunció el ceño, pensando que tal vez le estaba dando demasiadas vueltas al asunto.
Mientras lo pensaba, Lorenzo hizo girar suavemente el vino en su copa.
Miró a Pedro con total franqueza:
—Señor Zárate, ¿le importaría compartirme el contacto de la señorita Suárez?
Esa pregunta dejó el ambiente congelado por un instante.
Julián Valdés giró instintivamente la cabeza para mirar a Sebastián.
Sebastián levantó lentamente la mirada, con los ojos tan tranquilos que era imposible adivinar si sentía rabia o indiferencia.
Incluso Silvana frunció el ceño, estupefacta e incrédula.
¡Ella era mil veces más sobresaliente que Vera! ¿Por qué demonios Lorenzo estaba pidiendo el contacto de esa cualquiera?
Pero entonces reaccionó y rápidamente miró el rostro de Sebastián.
Tranquilo, indiferente, glacial.
Sin una sola emoción a la vista.
¡A Sebastián no le importaba en lo absoluto que otro hombre se interesara por su esposa!
El fracaso de Vera era una broma monumental.
Esto hizo que Silvana curvara los labios con profunda satisfacción y, sin dudarlo, se aferró aún más al brazo de Sebastián.
Pedro se detuvo un momento, pero la frustración que sentía en el pecho se fue disipando:
Silvana apretó los labios, alzando la mirada hacia el hombre a su lado.
Sebastián lo miró fijamente y, abriendo apenas los labios, respondió:
—No la conozco en absoluto.
Claro y contundente. Una negación total.
Fue entonces cuando Silvana volvió a sonreír plenamente.
Sebastián ni siquiera quería que asociaran el nombre de Vera con el suyo.
Pedro quedó impactado por la actitud tan fría y distante de Sebastián.
¡Vera había sido su esposa durante siete años!
¿Cómo alguien podía ser tan despiadado?
Julián miró a Sebastián. Aunque había negado cualquier relación diciendo "No la conozco", como hombre, Julián podía entenderlo. Por eso intervino de inmediato, lanzando un comentario aparentemente casual:
—Tengo entendido que Vera no está soltera. Yo que tú, Lorenzo, tendría cuidado.
Después de todo, Vera seguía siendo la esposa de Sebastián.
No tenía ningún derecho a traicionarlo de esa manera.
Lorenzo frunció el ceño, intrigado:
—¿Tienes entendido?
—Entonces se lo preguntaré directamente a ella.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...