América salió de la cafetería con las piernas temblando.
Durante estos seis años, el nombre de Leonardo Larraín había estado guardado en el rincón más secreto de su corazón. La ruptura había sido tan dolorosa que jamás se permitió la esperanza de volver a verlo.-
Encontrárselo así, sin previo aviso, la había desestabilizado por completo.
Su celular sonó. La voz tierna y dulce de su hija, Leonor, ayudó a calmar sus nervios.
Usualmente, América la llamaba «Limita», un apodo cariñoso porque la lima era su fruta favorita.
—Mami, ¿a qué hora vas a volver?
—Limita, mamá ya va en camino.
América regresó a Lomas del Río, al departamento de su mejor amiga, Cecilia Estévez.
La noche anterior, después de que Roberto la golpeara y desapareciera —ni la policía pudo localizarlo—, América temió que regresara para lastimarlas a ella o a Limita, así que huyó con su hija esa misma madrugada y pidió asilo en casa de Cecilia.
Tras la quiebra de los Sandoval, todos los supuestos amigos se esfumaron. Solo Cecilia permaneció igual que siempre, lista para ayudar con una sola llamada.
En cuanto abrió la puerta, Limita corrió a abrazarla.
—¡Mami!
—Mi amor. —América se agachó para besar la frente de su hija, pero se quedó pasmada al ver su rostro. El parecido con Leonardo era innegable, eran como dos gotas de agua.
Desde que Limita era bebé, la gente alababa su belleza, diciendo que había heredado los genes de América. Ella siempre creyó eso, pero hoy, tras ver a Leonardo, cayó en la cuenta de que Limita se parecía cada día más a él.
—Mami, ¿qué tienes?
—Nada, mi vida. —América disimuló—. ¿Te portaste bien en casa de la tía Ceci?
—¡Sí, sí! Me porté súper bien. Hasta le ayudé a regar las plantitas. —Cecilia salió del baño secándose las manos—: ¿Qué pasó, Meri? ¿Qué te dijo el abogado?
América le hizo una seña a Cecilia y llevó primero a la niña a la habitación, dándole un libro de cuentos.
—Limita, juega un ratito aquí. Mamá va a platicar con la tía Ceci y ahorita vengo a verte, ¿sí?
—Meri, ¿crees que todavía siente algo por ti?
—Claro que no. Solo vino a burlarse de mí.
—Ay, por favor. Con el estatus que tiene ahora, su tiempo vale oro. ¿Crees que gastaría su tiempo viniendo personalmente solo para burlarse si no le importaras?
—Ya estoy casada y tengo una hija. Con lo que él es ahora, podría tener a la mujer que quisiera. ¿Por qué iba a seguir enganchado conmigo?
—Meri, siempre he querido preguntarte... ¿qué pasó realmente hace años? Te gustaba tanto, lo perseguiste hasta conseguirlo, ¿por qué de repente lo cortaste para casarte con el patán de Roberto?
América guardó silencio.
El pasado, pasado estaba. Removerlo no tenía sentido.
—Olvídalo, no hablemos de eso. —Cecilia notó su incomodidad y cambió el tema rápidamente—: ¿Qué vas a hacer ahora?
—Buscar otro abogado. Sea como sea, tengo que divorciarme.

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