Vania Zapata había perdido la memoria.
Al abrir los ojos, se encontró de golpe en la cama del prometido de su hermanastra.
Mañana era la boda de Hugo Yáñez y Cristina Figueroa, su hermanastra por parte de madre.
Aferrada a los restos rasgados de su lencería íntima, Vania se acurrucó en un rincón de la cama, temblando de pies a cabeza.
El hombre a su lado soltó un jadeo bajo y satisfecho, apartó las sábanas y caminó directamente hacia el baño, sin siquiera dedicarle una mirada de reojo.
Vania estaba a punto de colapsar.
Hugo Yáñez, el hombre más poderoso de la élite de la capital, se casaría con Cristina al día siguiente. ¿Por qué diablos se había acostado con él justo la noche antes de su boda?
La decoración de la habitación era lúgubre, y solo una lámpara de luz cálida en la mesita de noche lograba iluminar tenuemente el espacio.
Sintió un escalofrío en la espalda y estornudó de repente. Presa del pánico, se encogió bajo las sábanas, envolviéndose con fuerza y dejando apenas una rendija para que entrara la luz.
Su mente era un caos total; no lograba recordar en lo absoluto qué había pasado la noche anterior. Aunque estaban en pleno verano, un frío penetrante calaba en la habitación.
El sonido del agua en el baño se detuvo abruptamente. La puerta se abrió, dejando entrar un torrente de luz que iluminó por completo el dormitorio.
Vania no pudo evitar asomar la cabeza un poco para espiar.
El hombre llevaba únicamente una toalla envuelta alrededor de la cintura. Tenía los hombros anchos, el abdomen firme y un cuerpo de proporciones perfectas, con esas dos líneas en V que bajaban hasta perderse bajo la toalla. Pero fue al ver su rostro de facciones frías y esculpidas que el corazón de Vania dio un vuelco.
Todos sabían perfectamente que Hugo solo tenía a Cristina en su corazón. En sus ojos jamás había existido lugar para ninguna otra mujer.
Sin embargo, la noche anterior, ambos se habían entregado a la pasión con locura.
Al pensar en eso, el rostro de Vania se encendió como la grana. Hugo comenzó a caminar lentamente hacia la cama y el corazón de ella empezó a latir desbocado.
No entendía qué demonios estaba pasando. Ella había estado enamorada de Hugo en secreto y jamás se atrevió a confesárselo. ¿Cómo es que ahora estaba en su cama, después de haber hecho semejante cosa con él?
En la penumbra, la expresión aturdida y aterrorizada de la mujer no pasó desapercibida para Hugo. Sus cejas espesas se fruncieron y su semblante se oscureció.
Al ver que ella no se movía, el hombre apretó aún más el ceño, disimulando su impaciencia.

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