—La comunicación puede distorsionarse por el tiempo y la distancia, y eso es perjudicial para el avance del proyecto. Dos meses pasan volando, y tanto Corporativo Alba como Grupo Nexo firmaron un acuerdo de rendimiento. Ninguno de nosotros puede darse el lujo de tomar esto a la ligera.
Hugo apretó los puños, con la mirada oscurecida por la furia contenida.
Ninguno de los dos hombres estaba dispuesto a ceder ni un milímetro. La tensión en el aire era asfixiante. En ese instante, Adrián Mendoza entró a la sala con su propio equipo de ingenieros y, al verlos parados frente a frente, se quedó desconcertado.
—¿Aún no han empezado? ¡Ya pasaron treinta minutos de la hora acordada!
Al notar la presencia de Vania, Adrián creyó entender lo que pasaba y no dudó en soltar un comentario sarcástico.
—Vaya, la mismísima directora Zapata viene a supervisarnos en persona. Yo solo vine a aprender, así que espero que me ilumine con su conocimiento si no entiendo algo.
La intervención de Adrián sirvió para romper el corto circuito que se había generado entre Yago y Hugo.
Ambos guardaron las garras y entraron juntos a la sala de juntas del proyecto.
Era una mesa larga, dividida en dos bandos claros.
Lo curioso era que casi todos los ingenieros presentes, tanto los de Corporativo Alba como los de Nexo, habían sido entrenados originalmente por Vania.
Cristina, que ahora ocupaba el cargo de Directora Ejecutiva y líder del proyecto en Alba, se sentó hombro a hombro con Hugo. Su cercanía física cruzaba la línea de lo profesional y dejaba claro que eran mucho más que simples socios comerciales.
Todos en la sala lo sabían, aunque nadie se atrevía a mencionarlo en voz alta.
Vania, naturalmente, tomó asiento junto a Yago. Y, como era de esperarse, el resto de los presentes también asumió que ellos eran pareja.
Los murmullos no se hicieron esperar.
En el lado de Corporativo Alba, los empleados chismeaban por lo bajo.

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