¿Y a esta quién le dijo que la estaba halagando?, pensó la señora Leal, aguantando las ganas de rodar los ojos.
Aun así, mantuvo su postura elegante.
—Ya veo que es usted una mujer de negocios muy astuta. Precisamente tengo un buen amigo, un pez gordo del gobierno, que maneja fondos estatales. Viendo su capacidad, me pregunto si le interesaría conocerlo —La señora Leal sonrió con la dulzura de una madre—. Es alguien del círculo más alto. Quiero presentárselo. Mi hijo Yago a veces es demasiado terco. Me enteré de que el señor Yáñez ya no quiere trabajar con Grupo Nexo, y mi esperanza es que Yago entienda su error y rectifique antes de que sea tarde.
Cristina casi salta del asiento de la emoción. ¡La señora Leal quería darle una lección a su propio hijo por rechazar a Corporativo Alba!
Eso solo podía significar una cosa: habían visto el contenido de la caja. Por eso Vania no estaba en la fiesta; la familia Leal ya había tomado medidas para separar a Yago de ella.
Si lograba concretar un trato con un contacto del gobierno, las ganancias harían parecer el contrato con Grupo Nexo como monedas sueltas.
Intentó disimular su euforia, pero sus ojos brillaban de avaricia. Asintió con rapidez, y por más que trató de verse recatada, la señora Leal notó su desesperación.
La señora Leal no tenía pruebas de que Cristina hubiera enviado las fotos, pero conocía a la perfección el escándalo de hace cinco años. Sabía la rivalidad entre ella y Vania.
—¿La llevo a conocerlo? —dijo la señora Leal.
Esa invitación hizo que el ego de Cristina se elevara hasta las nubes. Si lograba demostrarle a la familia Leal que ella era la que de verdad valía la pena, tal vez terminarían acogiéndola a ella en lugar de a Vania.
De esta manera, con el respaldo de Hugo en el mundo de los negocios y de los Leal en la política, su poder sería absoluto.
Cristina se apresuró a tomar del brazo a la señora Leal, comportándose como si fueran íntimas, casi como madre e hija.
La señora Leal la condujo hasta un hombre de mediana edad con una prominente barriga.
—Rodolfo, qué gusto verlo. Quiero presentarle a alguien —dijo la señora Leal.
Rodolfo, un funcionario de nivel medio, no podía creer su suerte. Que una mujer del prestigio de la señora Leal se acercara a hablarle era un milagro que no desaprovecharía.
—Ella es Cristina Figueroa, casi una sobrina para mí.
Dicho esto, la señora Leal se inclinó y le susurró a Cristina al oído:
—Se los dejo para que platiquen.

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