Samuel se obligó a controlar la emoción.
—¿Dónde está? ¿Cómo que vino?
¿Acaso venía con ellos?
Catalina, muy atenta, cachó de inmediato ese tono.
¿Samuel por qué estaba tan… emocionado?
¿Porque se había vuelto a topar con Kiara?
Se le endureció la mirada apenas un segundo, pero enseguida se puso cara de preocupación.
—No sé… yo la seguí porque quería preguntarle si lo de que la familia Ibarra cancelara el acuerdo con los Zúñiga fue por ella. Y si sí, yo… yo quería rogarle a Kiara… a lo mejor…
—¡Claro que no fue por ella! —Dana la interrumpió, con asco—. ¿Quién sabe con qué hombre se metió la vez pasada para poder ir al Club Diamante Negro? Y aunque se hubiera ligado a alguien con dinero y poder, a lo mucho la traen de juguete. ¿Cómo crees que por ella iban a mover a la familia Ibarra?
La manera en que lo decía era tan cruel que ni parecía que hubiera sido su madre durante cuatro años.
Más bien sonaba como si estuviera hablando de una enemiga.
La mala leche se le salía por los poros.
—Y si ahora de verdad está en La Cúpula Dorada, seguro es porque algún viejo la trajo para presumirla.
—Kiara… para poder quedarse en Clarosol… de verdad la debe estar pasando bien duro —dijo Catalina, apretando los labios, con cara de “pobrecita”.
—Ni la menciones, esa salada —Dana frunció la cara—. Cada que aparece, todo sale mal. Ahorita vamos a ver a la gente de la familia Ibarra, que son los más ricos de Clarosol; ¡no voy a permitir que Kiara nos arruine esto!
Los Zúñiga se quedaron sentados en el lobby, con los ojos clavados en la entrada, esperando como si se les fuera la vida.
Pasó el tiempo.
Hasta que, de pronto, entró un grupo de gente. Iban varios, y el gerente general de La Cúpula Dorada salió personalmente a recibirlos con una actitud respetuosa.
A Tristán se le iluminaron los ojos. Se puso de pie de golpe.

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