¿Grupo Zúñiga?
Regino frunció el ceño.
—¿Y esos quién son?
¿Ahora cualquier fulano podía venir a estorbarle el paso?
—¡Suéltenme! —Tristán se zafaba con fuerza, gritando con voz rota—. Don Regino, señor Ibarra, señor Álvaro… ¡por favor! ¡Téngannos tantita consideración! ¡Denle una salida al Grupo Zúñiga!
Y luego jaló a Samuel con brutalidad.
—¡Y tú, apúrate! ¡Pídele perdón a los señores!
Samuel tropezó dos pasos y terminó hincándose también, de golpe.
Traía la cara llena de humillación.
Dana, rápida, le encajó su bolsa de marca a su hija en las manos.
Luego corrió y también se hincó frente a la silla de Regino, lloriqueando:
—¡Todo fue culpa nuestra! ¡Trajimos a este chamaco a pedir disculpas! Si la familia Ibarra acepta seguir trabajando con nosotros, los Zúññiga vamos a hacer lo que sea para compensarlos, ¡lo que sea!
Al fin y al cabo, por ahí pasaba pura gente rica y con poder.
Si ellos ya se estaban humillando así frente a los Ibarra, ¿cómo no iban a presionarlos “moralmente”?
La escena de los tres, uno tras otro, hincados, era algo que nadie se imaginaba ver en La Cúpula Dorada.
Hasta los guardias, que estaban bien entrenados, se quedaron pasmados un par de segundos.
Luego reaccionaron y se fueron encima, sujetando a los tres.
A Catalina le dio una vergüenza horrible. No quería que la relacionaran con ellos ni tantito. Con la bolsa de Dana apretada en la mano, se escondió entre la gente.
—Abuelo, son los papás anteriores de Kiara —explicó Álvaro Ibarra en voz baja, junto a Regino—. Kiara estuvo con la familia Zúñiga por un error cuando era bebé. Hace poco la trajimos de regreso y, como agradecimiento por haberla criado tantos años, les ofrecimos colaborar en el proyecto principal del terreno de la zona poniente, para echarles la mano.
—¿Ah, sí? ¿Son los papás que criaron a Kiarita? —Al escuchar eso, a Regino se le suavizó la cara. Vio cómo los guardias ya los estaban arrastrando y alzó la voz—. ¡Esperen!
Regino frunció el ceño.
—¿Cómo que lo canceló?
Álvaro alzó un poco la mirada. Detrás de los lentes, sus ojos —siempre tranquilos— se endurecieron.
—Kiki solo dijo una cosa: que ella no le debía nada a la familia Zúñiga y que no necesitaba ni agradecimientos ni compensaciones.
A Regino se le cayó la cara.
Aunque apenas llevaba una semana conviviendo con Kiara, conocía a su nieta.
Kiarita se veía fría, sí, pero era alguien que sentía profundo.
Y además trabajaba para el país, haciendo cosas que daban orgullo; su carácter no podía estar mal.
Una niña así, tan buena y tan capaz… si no fuera porque los Zúñiga hicieron algo verdaderamente imperdonable y la dejaron con el corazón helado, ella jamás habría sido tan tajante. Mucho menos habría cancelado un acuerdo que los Ibarra les habían dado.
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