Se burló.
—Aunque yo me animara… ¿ustedes sí se atreverían a aceptarlo?
Esa frase, cargada de sarcasmo, le picó el orgullo a Alejandro.
—Si no quieres regalar nada, pues ya —soltó, con coraje.
Y jaló a Carolina de la mano.
—Vámonos, Carolina.
Carolina no quería irse para nada.
Era una moto de cien millones.
Aunque no fuera una igualita… con que fueran unos cuantos millones, también le servía.
La revendía y listo: millonaria.
Quiso decir algo, pero Alejandro la arrastró a paso rápido, soltando una risa fría mientras caminaba:
—Que le quede claro: la que no puede vivir sin mí es ella, no yo sin ella. ¿Cómo se atreve a hacerme berrinche? Aparte de mí, ¿quién más aguantaría a una niña rica como ella?
Carolina pensó que tenía sentido.
Eloísa siempre había sido la más aferrada a Alejandro; por él, hacía lo que fuera.
Una moto de cien millones… claro que la iba a soltar.
Con esa idea, aceleraron el paso.
Pero caminaron y caminaron…
Y atrás no se oyó nada.
Eloísa no los siguió.
¿Neta?
Los dos fueron bajando la velocidad. Se miraron, y de pronto les entró la duda.
A Alejandro se le subió una sensación fea. No aguantó y volteó disimuladamente.
Y se quedó helado.
Eloísa no solo no fue tras él a pedirle perdón…
Estaba encima de la Fantasma, platicando emocionada con Kiara, como si nada.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste