En una zona oscura del taller.
Alejandro se quedó mirando, con el gesto pesado, las siluetas de Eloísa y Kiara. En sus ojos se revolvía una emoción sombría.
Esa Eloísa que antes, con que él apareciera en su campo de visión, iba detrás de él como perrito…
Ahora ni siquiera lo volteaba a ver.
Y encima, le regresó a la cabeza la burla de hace rato:
—Señor Ríos, ¿no que tenía bien “controladita” a la señorita Carrasco? ¿Entonces por qué ni lo pela?
—¿No que jugaba con una niña rica como si fuera un perro? Yo más bien siento que el perro es usted.
—¡Ja! Señor Ríos, ¿no que usted era un experto con las mujeres? Hoy sí nos quedó claro… “experto”, sí, cómo no.
Cada frase le cayó como cachetada.
Le destrozaron en un segundo el personaje que llevaba años construyendo.
Y para colmo, Carolina no dejaba de insistirle al oído:
—Alejandro, ve a pedirle perdón a Ellie. A Ellie le encantas; seguro nada más está enojada. Si te disculpas, te perdona.
La cara de Alejandro se endureció.
¿Pedirle perdón a Eloísa?
Ni en sueños.
¿Él qué había hecho mal?
Desde el principio, la que estaba haciendo drama era Eloísa.
Eloísa solo quería forzarlo.
Si él se bajaba tantito la cabeza una vez…
¿entonces qué, ya iba a dejar que ella se le subiera encima?
No. No le iba a dar ese gusto.
Pero Carolina tenía razón en algo: a Eloísa le gustaba muchísimo.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste