La chavita sonreía con los ojos hechos media luna, con esa actitud de quien se siente intocable porque trae respaldo.
Y ese respaldo no era nada más el de Monte Gris.
Le estaba dejando claro a Patricio que detrás de ella… también estaba la familia Carrasco.
Patricio todavía podía hacerse pendejo y no asumir las consecuencias de haber perdido el reto del Decreto de la Lámpara Ardiente.
Pero… si no cumplía lo pactado, hoy no iba a salir de Monte Gris.
Ni aunque el jefe de la familia Fuentes viniera en persona.
Patricio no iba a librarla.
Y peor aún: si Joaquín intervenía…
las cosas iban a terminar mucho más humillantes que el castigo por “perder el reto”.
Patricio apretó los dedos uno a uno; las venas de la frente se le marcaron, y esos ojos enrojecidos se le veían casi feroces.
Kiara alzó apenas la ceja y, de reojo, miró a Catalina, que la estaba fulminando con la cara retorcida.
Entonces sonrió, como si nada, y soltó:
—Si el señor Fuentes no quiere hacer la reverencia de rodillas… tampoco pasa nada. La señorita Zúñiga puede hacerlo por él.
A Catalina se le fue el color de la cara.
¿Ella… reemplazarlo?
¿Reemplazar a Patricio para tatuarse en el brazo una marca de “perdedora”?
¿Reemplazarlo para arrodillarse frente a miles de personas, avanzar de rodillas por toda la pista, inclinándose a cada paso, y encima gritar: “Eloísa es mi reina”?
¡Todavía le quedaba tantita dignidad!
Kiara era una maldita.
Lo estaba haciendo a propósito: quería meter cizaña entre ella y Pachi, romperles la relación.
—Yo ya les di una opción. Si la toman o no, es asunto suyo —dijo Kiara, viendo cómo a Catalina se le descomponía la cara, con un tono cargado de burla.
Según ella, eso era “amor verdadero”. A ver qué tan “inquebrantable” era.



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