Nicolás mantuvo esa sonrisa profesional, perfecta, sin dejar ningún hueco.
—Señorita Yolanda, no exagere. Quien llega es invitado; la señorita Pamela siempre ha sido una invitada distinguida de los Carrasco. ¿Cómo la voy a correr? Solo que… como usted misma vio en el despacho, el señor Fernando no anda al cien y necesita descansar. No quisiera que se queden esperando de más y pierdan su tiempo.
—Y además, con el invitado por llegar… el señor no va a poder atenderlas.
Esa forma impecable de darle la vuelta al asunto hizo que a Pamela se le apretara el estómago.
No era tonta.
También sabía que al principio Yolanda sí pudo entrar al despacho, lo que significaba que Fernando sí tenía tiempo en ese momento.
Pero tuvo tiempo para ver a Yolanda… y no para verla a ella.
Ella llevaba una hora ahí…
y Fernando seguía sin intención de recibirla.
Entonces…
¿Hasta Don Fernando estaba tomando en cuenta su “origen”?
Aunque el regreso de Kiara con los Ibarra no se había anunciado públicamente y todavía no había fiesta de presentación…
una familia del nivel de los Carrasco seguro ya lo sabía.
Por eso Fernando estaba tan frío, al punto de no querer verla ni tantito.
Porque le importaba que ella no fuera la verdadera hija de los Ibarra.
En cuanto esa idea terminó de cuajarle, a Pamela se le fue el alma al piso.
El miedo y el rencor le apretaron tanto que casi se le rompía la calma.
Pero no se atrevía a odiar a Fernando.
Todo ese coraje solo podía aventárselo a Kiara.
Todo era por Kiara.

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