Al frente venía un hombre de mediana edad, aplomado, con traje impecable.
A su lado iba un joven alto, de rostro frío. Pero en ese instante traía las cejas ligeramente relajadas y una sonrisa rara vez vista en él; se inclinó un poco hacia el hombre mayor, con cortesía:
—Entonces, ojalá que la colaboración con usted, señor Amaya, sea un éxito.
—Para el Grupo Zúñiga, esta oportunidad que nos da es un salvavidas. Vamos a aprovecharla y a darlo todo. No vamos a fallarle.
Javier Amaya sonrió, satisfecho, con ese tono de quien concede una limosna desde una posición de superioridad:
—Señor Zúñiga, le estoy dando esta oportunidad al Grupo Zúñiga por su capacidad y por su reputación de antes. Espero que… no me decepcionen.
—Claro, claro… —respondió el joven. Era Benjamín Zúñiga, el hijo mayor.
Por dentro le sabía amargo, pero por fuera no le quedaba más que sonreír a fuerzas.
Hubo un tiempo en que eran los demás quienes se le humillaban a él, rogándole por un trato.
Y ahora le tocaba…
bajar la cabeza.
Qué tan atorado se sentía, solo él lo sabía.
Pero por la familia Zúñiga, no tenía opción.
Javier levantó la mano y le dio unas palmadas en el hombro a Benjamín.
—Joven, échele ganas. La familia Zúñiga con alguien como usted…
No terminó la frase.
De pronto, una voz chillona y agresiva interrumpió todo:
—¡Ustedes en el Club Diamante Negro se pasan de lanza! ¿Dónde está la autoridad o qué?!
Todos voltearon. Vieron a una mujer de mediana edad con vestido elegante, forcejeando con los guardias mientras la empujaban.
Traía el cabello hecho un desastre y no paraba de insultar.
Se veía… como una loca.
Javier frunció el ceño con asco.
—¿Cómo es que en un lugar como el Club Diamante Negro dejan entrar a una mujer así de corriente? Ni sé de qué familia será, qué vergüenza.
—Sí, sí, ¿cómo es que aquí…? —Benjamín le siguió la corriente y también miró hacia allá.
Pero cuando distinguió a la mujer, se le fue el color de la cara.
Los demás no la reconocieron.

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