Playera blanca, pantalón negro y una gorra negra.
Las luces deslumbrantes y confusas de afuera del Club Diamante Negro le bañaban el rostro a la chica, iluminando media cara de facciones marcadas y hermosas.
Bajo esas luces, su piel se veía tan fina que parecía tener un brillo suave encima.
Cerró la puerta del carro de un manotazo, con un movimiento preciso y seguro, como si nada le pesara.
Todavía iba jugando con las llaves: las lanzó al aire, las cachó y se las guardó en la bolsa. Luego, con paso tranquilo, se encaminó al Club Diamante Negro, como si fuera lo más normal del mundo.
En todo el camino, ni siquiera les dedicó una mirada a los Zúñiga que se le habían ido encima.
—¡Kiara!
El aire pareció congelarse en ese instante.
La sonrisita coqueta y complaciente que Catalina traía en la cara se le quedó tiesa. Abrió los ojos, incrédula, mirando a la chica frente a ella.
Sin poder evitarlo, se le salió el nombre.
Por un segundo, la mente de Catalina se quedó en blanco.
¿Cómo que era Kiara?
¿Por qué Kiara venía manejando el carro de Joaquín?
¿Cómo… cómo podía manejar el carro de Joaquín?
Y no solo Catalina.
Detrás de ella, toda la familia Zúñiga se quedó igual de impactada, mirando la silueta de Kiara, tan serena, tan dueña de sí.
Sus expresiones se les fueron resquebrajando, poco a poco.
No podían creer lo que estaban viendo.
—¡Kiara!
Los ojos de Dana se contrajeron de golpe. De pronto, se lanzó a grandes zancadas hacia Kiara.
¿Así de fría iba a ser con ella?
Con razón: una malagradecida que nunca terminó de “salir buena”.
Ver que, después de irse de la familia Zúñiga, Kiara no se había quedado arrastrándose como ella esperaba, sino que cada vez le iba mejor…
Y que los lugares a los que iba y la gente con la que se movía eran de un nivel al que los Zúñiga ni se acercaban…
Del coraje, a Dana se le revolvía el estómago.
Lo que más no soportaba era que esa malagradecida viviera mejor lejos de ellos que cuando estaba con los Zúñiga.
Y con los problemas recientes de la familia Zúñiga…
Ver a Kiara bajarse de ese Maybach negro —una pieza única en el mundo, valuada en una cifra absurda— fue como si le estamparan una bofetada en la cara.
—¡Kiara, contéstame! ¡Nos dejaste hechos pedazos y todavía vienes como si nada! —Dana la miraba con asco—. ¡Qué bueno que apareciste! Te aviso: en la pista de Monte Gris, esa apuesta de carreras, ese pagaré de cien millones… todo empezó por tu culpa. ¡Tú lo vas a arreglar!
Ese tono mandón, como si fuera lo más natural, daba risa.
Y Kiara, efectivamente, se rió.
***

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste