—No, cállate, ahora me dio más flojera. ¿Quién quiere verlas ahí actuando? —El del cabello verde se talló la cara—. Y luego están los pendejos que se hacen los caballeritos, todos arreglados, con su copa en la mano, posando de “exitosos”.
—¿A poco creen que porque Ellie ya es mayor de edad, hoy van a poder gustarle y volverse parte de la familia Carrasco?
El rubio se carcajeó.
—¿Quién no sabe que a Ellie le encanta “rescatar causas perdidas”? Le fascina ese tarado de la familia Ríos. Después de hoy, los Ríos van a andar felices.
El del cabello verde suspiró y miró al pelirrojo.
—Gaspar, neta no entiendo cómo tu prima está tan cegada. Alejandro Ríos… quién sabe qué cosas trae por detrás, y ella lo trae como si fuera oro.
—Los que vienen a ver si se vuelven “yernos Carrasco” se van a quedar con las ganas. Al rato, la señorita Carrasco seguro anuncia lo del matrimonio con los Ríos —suspiró—. Pero bueno, ¿para qué hablar de eso? Gaspar es su primo, ni su hermano se mete, ¿y nosotros qué?
—Qué hueva… mejor nos íbamos a correr carros, eso sí se pone bueno —el pelirrojo metió las manos en los bolsillos del pantalón roto—. Partimos pastel, damos el rol y nos vamos. Está de la chingada esto… ¿eh? ¿Y allá qué están haciendo?
Se detuvo y ladeó la cabeza, mirando hacia un kiosco.
Los otros siguieron su vista.
Vieron a dos hombres con uniforme de cocina rodeando a una chica con vestido rojo.
Y a otra chica, de blanco, a un lado, grabando con el celular.
—No manches… ¿así de pesado? —soltó el rubio—. Esto es terreno de la familia Carrasco. ¿Y aun así se atreven?
Eso se veía como una jugada sucia entre mujeres: mandar gente a hacer cochinadas y todavía grabarlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste