La mirada de Patricio se oscureció. Al ver a Kiara así, fría e impasible, la jaló de golpe a Catalina contra él y habló con voz cortante:
—¿Dejarle el lugar? ¿Cuál lugar? La que debería estar sentada a mi lado eres tú.
Mientras lo decía, no le quitó los ojos de encima a Kiara, buscando aunque fuera una mínima reacción en su cara.
Pero ella seguía igual: sin emoción, sin el brillo de antes cuando lo veía.
Patricio frunció el ceño, duro.
Entonces Catalina dijo, temblándole la voz:
—Señorita Ibarra… yo sé… sé que usted vino por Pachi. Ya que está aquí, pase… siéntese.
Se veía asustada de Kiara, pero aguantándose “por Patricio”, con esa cara de víctima.
Eso le recordó algo a Patricio.
Kiara había venido por su llamada. Había llegado al Club Diamante Negro por él.
La irritación que se le había subido se le bajó un poco en ese instante.
Hasta se le acomodó el humor.
Se recargó flojo en el sillón, levantó tantito la barbilla y, con un tono como de quien concede un favor, dijo:
—Ya que viniste, ¿qué haces ahí parada? Entra de una vez y pídele perdón a Cata.
Esa postura de “protección total” hacia Catalina hizo que todos en el privado miraran a Kiara con cara de que se venía el espectáculo.
Eugenio estaba parado del lado de afuera, justo en un punto ciego para los de adentro.
Nadie lo vio.
Por eso se soltaron con las burlas sin pensarlo.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste