Los guardias bajaron el arma de inmediato, se cuadraron y le abrieron paso.
Kiara ni se inmutó. Guardó la tarjeta negra y entró.
—Kiara… —Pamela abrió los ojos, incrédula, viendo cómo ella pasaba sin problema—. ¿Cómo… cómo es posible…? ¿Cómo puede tener acceso?
Lo primero que se le vino a la cabeza fue que la familia Ibarra se lo había conseguido.
Pero aunque fueran asquerosamente ricos, ¿cómo iban a meter mano en un instituto nacional?
Además, no era solo pasar una tarjeta: también había reconocimiento facial.
O sea, Kiara no podía haberle robado la tarjeta a alguien. Su cara, su identidad, sí estaban autorizadas.
¿Pero cómo?
¿Kiara… una rancherita, una hija no reconocida que ni la familia Zúñiga quiso… cómo?
Mario también se quedó idiota, con la boca abierta, viendo a Kiara entrar y esa tarjeta negra en su mano. No le cabía en la cabeza quién demonios era esa chica.
En eso, Pamela vio por fin a la persona que llevaba horas esperando: el profesor Morales venía caminando rápido hacia acá.
Tenía el pelo blanco, ralo, y lentes.
Ya era grande.
Pero caminaba con prisa, como si trajera motor, con una energía impresionante.
En cuanto Pamela vio que venía hacia ella, se le encendieron los ojos. De inmediato puso su mejor sonrisa, dócil y dulce, y lo llamó:
—¡Profesor Morales! ¡Profesor Morales!
Al oírla, el profesor Morales la miró de reojo, como haciendo memoria a toda velocidad, y contestó de manera fría y automática:


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste