—Lo importante es que le echaste ganas. En el proceso aprendiste, creciste.
Sus ojos se le suavizaron todavía más al sonreír.
—Además, nuestra Pamela ya es muy buena.
Esas palabras, que se suponía que eran para tranquilizarla, en los oídos de Pamela… sonaron como agujas.
¿Que el resultado no importaba?
¿Que lo valioso era el proceso?
¡Puras excusas!
¡Qué injusticia!
¡Qué favoritismo tan descarado!
Simplemente no querían mover un dedo por ella.
Eso de “te tratamos como de la familia” y “vamos a ser justos” era mentira.
Si pudieron meter a Kiara, una burra para la escuela, al Instituto Nacional de Investigación, y hasta el profesor Morales era tan amable con ella… ¿por qué no podían ayudarla a ella?
Si cuando acomodaron a Kiara ahí, de paso hubieran mencionado su nombre, el profesor Morales, por respeto a la familia Ibarra, jamás la habría tratado como hoy.
Lo que querían era dejarle todos los recursos a Kiara.
El odio le subió como un golpe; por dentro estaba que se la llevaba el diablo, pero por fuera se veía cada vez más agraviada. Las lágrimas, grandes y pesadas, le fueron rodando una tras otra.
Lloró hasta que casi no podía hablar:
—Mamá… ¿de verdad soy tan mala? ¿El profesor Morales de plano no aceptaría a una alumna como yo?
Quería forzar a Vanesa a ayudarla.
Tal como habían “acomodado” a Kiara con el profesor Morales… que hicieran lo mismo por ella.
Pero Vanesa solo la abrazó y le dio palmaditas en la espalda, con una voz suave:
—Qué mensa eres. Claro que eres muy buena. Si el profesor Morales no te acepta, solo significa que tú y él no son buena combinación. Pero que eres buena, eso ni se discute.
Pamela casi revienta por dentro.
Claro que sabía que era buena.



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