Del celular, que llevaba rato callado, estalló de inmediato el ruido de varios viejos hablando al mismo tiempo.
El señor Herrera agarró el aparato.
—¡Con que les haya dejado ver cómo trabaja la señorita Valdez, deberían estar agradecidos! ¿Todavía quieren hacerle perder el tiempo? ¡Ni lo sueñen!
Cortó la llamada y guardó el celular en el bolsillo. Luego le sonrió a Kiara, servicial.
—Señorita Valdez, aquí me encargo yo. Usted vaya a lo suyo.
Kiara asintió.
—Gracias. Después les mando el procedimiento exacto de hoy para que lo revisen y lo estudien.
Dicho eso, colgó otra llamada que no dejaba de entrar y miró a su familia.
—Abuelo, después de las agujas tiene que descansar bien. Si no, todo esto se puede echar a perder.
—Papá, mamá, Álvaro: tengo que hacer algo. Me voy ahorita, pero en la noche regreso temprano. Échenle un ojo al abuelo, que no se vaya a desvelar esperándome.
Y se fue de prisa.
Camilo y Vanesa querían agradecerle emocionados, pero se tragaron las palabras.
Ni modo…
Que su hija fuera tan capaz también tenía su lado triste.
Apenas acababa de volver a casa y aun así casi no podían pasar tiempo con ella.
Ni chance de platicar; ya se iba otra vez.
Los papás estaban tristes, pero tenían que apoyar a su hija.
—
Centro de Investigación Energética, sala de control principal.
En una pantalla enorme se veían varios cuadros de cámaras.
Uno de ellos era una grabación.
Lugar: el cuarto rosa, con encaje, estilo “sueño de adolescente” de Kiara.
Pamela entró, se llevó la laptop de Kiara y luego, siguiendo instrucciones de Mario, se la entregó a un hombre con gorra.
El profesor Morales estaba frente a la pantalla. Vio el momento en que Mario recibía la laptop del hombre de gorra y se iba apurado. Levantó la mano y señaló.
Sobre la cabeza de Mario aparecía una etiqueta: Objetivo A - Mario.


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