"Hana"
Rafael puso todas las bolsas de ropa dentro de la caja de su camioneta negra, que era toda negra, y combinaba mucho con su manera medio misteriosa y casi de chico malo. Cuando terminó de poner las bolsas abrió la puerta del copiloto para mí y me ayudó a subir.
—¡Esta faldita de este vestido me va a volver loco, mi loquita! —habló mientras jalaba el cinturón para asegurarme y después pasó la mano por mi pierna, subiendo hasta mis calzones—. Tal vez no sea en la playa, mi loquita, ya me estoy fantaseando contigo en mi carro. —habló en mi oído y me mordisqueó la oreja y cuando se alejó refunfuñé sintiendo su falta.
Ese hombre me estaba dejando totalmente necesitada y caliente, era solo tocarme y ya quería quitarle la ropa. Pero era hermoso y sabía bien qué hacer con una mujer. Pero no era solo un hombre hermoso, buenísimo, bueno en la cama y que parecía peligroso, tenía otro lado que estaba empezando a percibir, era un padre preocupado, un jefe al que sus empleados querían y no necesité mucho tiempo en ese asilo para darme cuenta de que tenía un corazón gentil.
Tan pronto como llegamos la responsable del lugar, una señora gordita y con una sonrisa amigable, vino a recibirnos con los brazos abiertos y lo envolvió en un abrazo muy cariñoso.
—¡Rafa, andas medio perdido! —lo miró con cariño y él tenía la sonrisa de un niño.
—Doña Margarita, perdóneme, he tenido muchos contratiempos. Pero quiero otro baile para nuestros viejitos, ¿qué le parece? —preguntó y me quedé sin entender qué significaba aquello.
—Ah, eso los va a animar, adoran los eventos en su bar. —la señora estuvo de acuerdo y me miró—. Y esta joven bonita, ¿quién es?
—Mi novia, doña Margarita. Su nombre es Hana. —me presentó, otra vez diciendo que éramos novios y lo miré como si estuviera loco.
—¡Por fin! Pero no le cuentes eso a mis muchachas, son celosas y aún están disputándose tu atención. —la señora me recibió en un abrazo—. ¡Bienvenida, Hana! Qué bueno que este muchacho encontró a alguien.
—¡G-gracias! —estaba tratando de juntar toda la información, pero no lo estaba logrando.
—Doña Margarita, ¿será que alguien puede ayudarme? Traje algunas cosas y Hana trajo ropa para las muchachas. —pidió y la mujer llamó a un hombre que estaba ahí en el jardín y le pidió que fuera a ayudar a Rafael.
—Ven, Hana, vamos a mi oficina mientras Rafa descarga su camioneta. —me llamó y pasó su brazo por el mío—. Debes ser muy importante para él, no trae a nadie aquí, a menos que sea alguien importante y en quien confíe. Tiene mucho cuidado con nuestros viejitos.
—¿Viene mucho aquí? En realidad no me dijo nada. —pregunté algo confundida.
—Viene cada quince días, siempre trae cosas para nosotros. Cosas que necesitamos y mejoran la vida de quien está aquí. —abrió la puerta de la oficina y me invitó a entrar y sentarme—. Ya tiene algunos años que nos apoya. Y cada dos o tres meses organiza un bailecito en su bar, consigue el transporte y lleva a nuestros viejitos a divertirse toda una tarde, al son de músicas de su época y con derecho a todo lo que el bar puede ofrecer, claro, bebidas alcohólicas no porque nuestros viejitos toman medicinas, pero ofrece un momento para que estas personas se sientan vivas otra vez.
—¡Qué hermoso eso! —comenté, sintiéndome un poco culpable por haber juzgado tanto a Rafael.
—Sí es. Nuestros viejitos son muy bien tratados aquí y les gusta la casa, se volvió su casa. Pero es inevitable que se depriman y algunos se sientan inútiles y abandonados. —comentó con tristeza, se veía que esa mujer le gustaba el trabajo que hacía.
—¿Por qué abandonados? —me dio curiosidad, nunca había ido a un lugar como ese, no sabía qué esperar.
—Ay, querida, el problema de las casas de ancianos es que algunas familias dejan a sus seres queridos aquí y con el tiempo dejan de visitarlos, porque siempre tienen algo más importante que hacer, una fiesta a la que ir, o están demasiado cansados. Una vez una hija me dijo que no vendría más porque no haría diferencia, el padre ya no se acordaba de ella. En fin, siempre hay algo que hace la visita imposible. Al principio vienen bastante, pero después van viniendo cada vez menos, hasta no venir más y solo llamar, a veces ni eso. —contó con los ojos tristes y me quedé impactada con aquello.
—No te disculpes, me encantó ese tiempo con ellos. ¡Quiero venir más veces contigo! —lo miré y recibí su sonrisa más hermosa en respuesta.
—¡Me va a encantar! Podemos ponernos de acuerdo, hace una gran diferencia en sus vidas. —respiró profundo—. Mi madre necesitó quedarse en un lugar como ese, yo trabajaba y no lograba cuidarla. La puse en un lugar con más recursos y la visitaba todos los fines de semana. —desvió los ojos hacia afuera y se puso los lentes oscuros—. ¡Ahora vamos a la playa, mi loquita!
—Gracias por compartir conmigo. —le sostuve la mano y me miró, me incliné sobre él y le di un beso rápido en los labios.
—Gracias por haber aceptado venir aquí y haber aceptado compartir conmigo. —respondió con una sonrisa y otro beso.
Fuimos a la playa, que ya estaba bastante vacía, era final de tarde y el sol ya se estaba poniendo. Rafael sacó de la camioneta una mochila, un bote de basura de metal y la bolsa con el vestido que iba a quemar. Escogimos un rincón de la playa y él hizo un hoyo en la arena para que el bote no se volcara. Sacó de la mochila una toalla grande y la extendió en la arena y nos sentamos sobre ella. Me entregó la bolsa con la ropa y una caja de cerillos.
—¿Qué hago ahora? —pregunté.
—¡Quema! Pon esa cosa horrible ahí dentro y préndele fuego, pon junto con esa cosa todo lo malo de lo que te estás liberando. Quema ahí, Hana, todo lo que te hizo y te hace mal. Mentaliza todas las cosas que no quieres y que no aceptarás más en tu vida, enciende el cerillo y deja que se queme mientras te liberas. —sugirió y levanté las cejas con una sonrisa—. Y puedes hablar alto si quieres.
Hice como dijo, empecé mentalizando todas las cosas horribles que mi madre había hecho y cuando me di cuenta ya estaba hablando en voz alta, como si estuviera echando realmente todo al fuego y dejando que se quemara, las lágrimas cayendo por mi cara como si lavaran desde dentro de mí todo aquello. Cuando la llama se extinguió y el vestido era solo polvo dentro de ese bote, me sentía ligera y realmente liberada de ese dolor y esa culpa que me fue infligida por toda mi vida. Aquello no me dominaría más.
Miré a Rafael sonriendo y ya estaba de pie, quitándose la camisa y el pantalón y poniéndolos dentro de la mochila junto con mi vestido. Me sostuvo la mano, me miró y corrimos juntos hacia el mar, era todo lo que faltaba para finalizar mi ritual, un baño de mar, que lava, purifica, limpia el alma y nos renueva. ¡Estaba lista para empezar de nuevo!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita)
No se puede continuar la historia después de cap 284 ,Marca error y compré monedas,intente con otras historias y si se pueden desbloquear pero esta no,ojalá arreglen eso por que ya que regresa a lectura gratis,va con otra historia de personajes que no conocemos,nunca se sabe qué pasó con Heitor y Samantha al final....