"Hana"
Ya pasaban de las diez de la mañana cuando desperté. Estaba tan cansada y dormí tan profundamente que ni vi a Rafael levantarse. ¡Este hombre dormía muy poco! Todavía tenía sueño, pero necesitaba ir a trabajar. Me levanté, fui al baño, tomé mi ducha y me arreglé para el trabajo.
Cuando llegué a la sala vi a Rafael en el sofá, todo concentrado en unos papeles. Estaba siempre trabajando, incluso cuando no estaba en el bar y ni tenía idea de que un bar diera tanto trabajo así. Me acerqué despacio, silenciosamente, estaba tan concentrado que ciertamente no había notado mi presencia.
—Me encantaría que vinieras corriendo y saltaras a mi regazo. —Habló simplemente, sin quitar los ojos de los papeles que estaba leyendo.
Me detuve, estaba a medio camino entre el pasillo y el sofá, y me preguntaba cómo me notó si estaba tan concentrado y yo no hice ningún ruido.
—¿Estás fingiendo que estás leyendo, psicogato? —Bromeé y soltó los papeles sobre el sofá y me miró, con esa sonrisa entre paréntesis que me dejaba mareadita por él.
—No, mi loca, estaba realmente leyendo y distraído con el trabajo, pero siento cuando te acercas, mi cuerpo siente tu presencia.
Me miró descaradamente, sus ojos paseando lentamente por mi cuerpo, como si midiera mi vestido cereza. Pero sus ojos se detuvieron en el par de zapatos de tacones negros altísimos que estaba en mis manos y su sonrisa se hizo aún más grande.
—¡Adoro esos zapatos! Es mejor no correr, estás en chancletas y calcetines, no quiero que te lastimes. Pero ahora, ven acá, déjame admirarte un poco.
Caminé lentamente hasta él y me detuve frente a él. Quitó los zapatos de mis manos y me jaló a su regazo, regalándome un beso lento y profundo, un beso de quien tenía nostalgia.
—¿Estás deslumbrante en ese vestido, sabías? —Comentó y pasó la nariz por mi cuello. —Hum, ¡adoro tu perfume! —Me dio un beso en el lóbulo de la oreja. —¡Te amo, mi loca! ¡Buenos días!
—Qué delicia, escuchar esas cosas tan temprano. —Estaba sonriendo y tenía que sonreír mucho, estaba viviendo mi propio cuento de hadas, una historia de amor que me dejaba sin aliento y con las piernas temblorosas.
—Digo que te amo todos los días, todo el día. —Me miró.
—Pero que esto sea lo primero que escucho después de despertar ¡es una delicia! ¡Yo también te amo! Gracias por estar conmigo, por protegerme, cuidarme, amarme...
—Yo soy quien tiene que agradecerte, trajiste vida a mi vida. Trajiste alegría, amor, tantas cosas buenas y lindas. El privilegio es todo mío por tenerte aquí. —Me dio un beso en la mejilla. —¿Tienes que ir al hospital de verdad?
—Tengo que ir. Fernando siempre me está dando descansos, entonces es justo que esté ahí hoy, hay mucho trabajo acumulado de ayer. Por cierto necesitaba haber despertado más temprano. —Expliqué.
—Hum, ¡qué responsable! Me dio pena despertarte, llegamos muy tarde y estabas cansada. Además, Fernando dijo que no te preocuparas por la hora. —Pasó la mano por mi rostro con cuidado. —Pero primero voy a poner estos zapatos bonitos en estos piecitos lindos y después voy a alimentarte. Solo después nos vamos al trabajo. Acordé con Rubens ir a quedarme contigo después del almuerzo.
—¿Vas a pasar el resto de la mañana conmigo, psicogato?
—Todo el tiempo que pueda y después almorzamos juntos. —Respondió mientras quitaba las chancletas de mis pies y hacía un cariño. —¡Tienes pies lindos! ¡Ah, eres toda linda! —Me besó y fue un beso más intenso, un beso que decía mucho más que buenos días. —¡Estoy loco por ti, mi loca! Y estoy loco por quitarte ese vestidito de tu cuerpo.
—¡Te dejo hacer eso en la noche! —Sonreí.
—¡Huuumm! —Suspiró de contentamiento. —¡Va a ser un día largo! Ven, vamos a desayunar.
Apenas nos levantamos del sofá la puerta fue abierta abruptamente y Giovana entró casi corriendo, pareciendo totalmente trastornada y con miedo.
—¿Gi? ¿Qué pasó? —Rafael abrazó a su hija y miró a Anderson que entraba y cerraba todos los seguros de la puerta, pero todavía estaba con el celular en la oreja.
Giovana estaba sollozando, abrazada a Rafael, que sostenía a su hija, mientras esperaba que Anderson dejara el celular y explicara lo que estaba pasando.
—Ven al departamento de Rafael, Rubens, Hana todavía está aquí y Rafael también. —Anderson habló muy serio al teléfono y colgó.
—¿Qué está pasando, Anderson? —Rafael estaba tan confundido como yo.
—Jefe, pasó algo en la escuela y saqué a la fierecilla de ahí. No sabía qué hacer. ¡Las chicas del salón de Gi, esas envidiosas! —Anderson estaba con rabia, se podía sentir.


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