"Giovana"
Después de una ducha fría y bien demorada, todavía sentía una cosa dentro de mí que seguía calentando de abajo hacia arriba. Sabía que Anderson tomaba duchas frías para calmarse y a veces necesitaba otra cosa. Solo que estaba pensando que esta vez yo era la que estaba necesitando otra cosa, porque la ducha no me había calmado. Tal vez necesitara otro manoseo o tal vez necesitara preguntarle a alguien si podía calmarme de otra manera.
Me senté en la mesa con mala cara, esto me estaba haciendo sentir impaciente y un poquito nerviosa. Anderson se sentó a mi lado y abrimos los libros, comenzamos a estudiar, pero estaba encontrando todo muy difícil.
—¡Concéntrate, fierita! Estás muy dispersa. ¡Voy a arrepentirme de haberte dado un premio! —Anderson amenazó y resoplé.
—¡No puedes arrepentirte! ¡Dado está dado! Y quiero siempre que saque un diez… —Me arrepentí en el momento en que hablé—. Corrigiendo, ¡quiero siempre! —Puse la pluma en la boca y lo miré.
—¡Fierita, eres terrible! —Estaba sonriendo, una sonrisa hermosa.
—Quiero preguntarte algo.
—Ay, Dios mío, ayúdame, ¡porque viene pedrada! —Bajó la cabeza y cerró los ojos, haciéndome reír—. Mira, puedes hacer una de tus preguntas que estoy seguro de que me va a dejar sin palabras. Pero solo si yo puedo hacer una pregunta también y tú me respondes con la verdad y no evadas.
—¡Entonces quiero hacer dos preguntas!
—¡Eso no vale!
—Vale, porque sé lo que quieres saber y no quería contarlo.
—¿Cómo sabes lo que quiero saber?
—Es que mi novio es detallista, observa las pequeñas cosas y ¡quiere saber qué vi en la calle de atrás!
—¡Exactamente eso! —Él concordó y sonreí. Claro que no se había conformado con mi respuesta evasiva.
—Te cuento, si puedo hacer dos preguntas. —Le mostré dos dedos.
—Gi, tus preguntas no son preguntas simples la mayoría de las veces.
—¡Pero estas van a serlo!
—¿Prometes? —Preguntó e hice que sí—. Está bien, mi respuesta.
—No, mi lindito, primero las mías, no quiero que te escabullas después. —Sabía que si no hacía esto me respondería a medias.
—¡Dios, toca su corazón! —Puso las manos en el rostro y esperó.
—¿Necesitaste más que ducha fría hoy, Anderson? —Pregunté y él se hundió aún más en la silla a mi lado.
—Sí, Gi, hoy necesité más que ducha fría. —Respondió, pero yo quería los detalles, todos los detalles, saber cómo era realmente.
—¿Y cómo fue? ¿Me explicas? —Pedí y me miró atónito.
—Yo… yo… ¡no sé qué decir! —Estaba totalmente confundido. Era mi oportunidad, entonces me senté en su regazo, de frente a él y alcé su mentón con la punta de los dedos. Sus manos tocaron mis muslos y hormigueó ahí.
—Di cómo es, en qué piensas, qué sientes. —Pedí y él respiró hondo, pensó por un momento y pareció tomar una decisión.
—¡Pienso en ti! Sentada así en mi regazo.


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