"Flavio"
Estaba sentado en una silla junto a una mesa de hierro en la enfermería de la prisión federal, a donde había llevado a Frederico. Hacía cerca de veinte minutos que estaba ahí, desde que llegamos, pero quería ser quien le diera la buena nueva a ese bandido cuando despertara. Claro que Renatita estaba a mi lado, quería ver la cara de Frederico para contarle todos los detalles a Hana. También tenía dos hombres más esperando del lado de afuera y Vinícius, que me había acompañado para cualquier emergencia, estaba en el consultorio pasando el caso al médico que atendía en la unidad.
Desde el momento en que Vinícius me envió la conversación de Silvia y Frederico comencé una carrera para conseguir esa transferencia. Llamé a Fabricio y accioné todos los contactos que tenía para conseguir sacar a Frederico del Hospital Santé lo más rápido posible. Inclusive Alessandro me ayudó de nuevo, cedió el avión para la escolta. Vinícius se encargó de dejar a Frederico durmiendo desde el momento en que Silvia salió de la UCI y no hubiera logrado resolver este problema si no fuera por él.
Pero lo que no podía permitir es que ese canalla continuara logrando llegar a Hana y mucho menos que lograra ponerle las manos a Giovana. ¡Me había encariñado tanto con esa chica! Una verdadera pestecita, pero una pestecita adorable. Tenía certeza de que iba a terminar en la policía siendo del tipo "tiro, golpe y bomba" primero y preguntas después. La sugerencia de lo que ese asqueroso quería hacerle me revolvió el estómago e hizo que tuviera ganas de soltar a Rafael encima de él de nuevo.
Miré alrededor de ese lugar, era tan deprimente, paredes grises y blancas, piso frío, sin ventanas y un lado entero de rejas blancas, manteniendo las cinco camas hospitalarias como en una jaula. El ambiente era todo muy frío, las camas eran de un modelo antiguo y funcional de metal, que posibilitaban la colocación de esposas con facilidad, nada del confort y modernidad ofrecidos por el Santé. Era todo reducido al mínimo necesario, pero todo funcional y útil.
El olor ahí también era diferente, no era el olor aséptico del hospital, estaba más para algo como una combinación compleja y desagradable de los olores excretados por el cuerpo humano por la falta de higiene, combinados con descomposición y putrefacción y un toque desagradable de amoníaco, era nauseabundo, como toda prisión y ni siendo delegado por tanto tiempo lograba adaptarme a ese olor, era casi tan malo como el olor en la sala de necropsia de medicina legal, o tal vez fuera peor. Era difícil determinar si el olor del encierro era peor que el olor de la muerte, pero eran dos olores muy malos y que sentidos una vez, era imposible olvidar.
—¿Será que Vini tumbó a esta plaga con tranquilizante para elefante? —Renatita se quejó y me reí—. ¡Odio quedar encerrada!
—¡Eres policía, Renatita! ¡Encierras a la gente! —Bromeé y chasqueó la lengua impaciente.
—¡Eso, encierro a bandidos del lado de adentro y me quedo del lado de afuera! Qué lugar sofocante, deprimente… ¡esto me está estresando! ¡Prefiero mil veces juntar cadáveres con pala en el asfalto!
—Calma, Renatita, vamos a subir a Pipote esta semana todavía, vas a jugar con tu bebé… ¿no va a ser bueno? —Pregunté y sonrió.
—Va a ser mejor si puedo retorcerle las bolas a Rabiola. ¡Odio a ese taimado! Bandido taimado, ¡nadie se lo merece! ¡Y mira con quién se junta la basura!
—Si no le cuentas a Breno que vamos a subir a Pipote mañana, te dejo jugar a la muñeca con Rabiola. No quiero que nuestro héroe se perjudique otra vez, el médico casi tuvo que llevarlo a cirugía de nuevo.
—¡Ah, pero puedes apostar que de mi boca no va a oír nada! ¡En esta operación es mi turno de brillar!
Comencé a reír, Renatita todavía estaba molesta por haber perdido la acción en el techo en el enfrentamiento en el hospital. Estaba diciendo que hasta Hana había tenido más acción que ella. Escuchamos el ruido en la cama, la esposa siendo jalada, Frederico estaba despertando.
—¡Ah! ¡Finalmente "el bebé de Rosemary" despertó! —Renatita refunfuñó.
—Vamos a dejarlo desesperarse solo un poquito sin entender nada. —Susurré y sonrió.
—¡Eso es terror psicológico, princesa! ¡Adoooro!
Observamos por unos dos minutos la desesperación de Frederico jalando las esposas. Las dos muñecas estaban esposadas en los laterales de la cama y jalaba frenéticamente y volteaba la cabeza para todos lados. Si pudiera hablar estaría gritando aterrorizado.
—¡Vamos! —Llamé a Renatita y fuimos hasta su cama. Paré de un lado de la cabecera de la cama y Renatita del otro y abrí una gran sonrisa—. ¡Frederico! ¡Bienvenido al infierno!
Miraba de mí a Renatita desesperado e intentaba desesperadamente emitir cualquier sonido.

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