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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 372

"Samantha"

Fue muy difícil calmar a Heitor; cuando lo llamé contándole lo que había pasado en la cafetería, él quería que renunciara inmediatamente, y convencerlo de que yo estaba segura dentro de la empresa tomó mucho tiempo.

Yo sabía que él saldría corriendo de su oficina para ir hasta mi trabajo otra vez, esto se estaba repitiendo con mucha frecuencia. Pero, afortunadamente, ya era el final del día, de modo que su trabajo no quedaría abandonado una vez más por mi causa.

Heitor llegó en menos de media hora, se apoyó en mi escritorio y me miró a los ojos, su irritación era palpable.

—Samantha, esto de que estés trabajando y exponiéndote al peligro ya no me agradaba antes, estando embarazada me agrada mucho menos. Deberíamos repensar esto. —Heitor apoyó ambas manos sobre mi escritorio y fue directo al punto que le molestaba.

—¿Y pretendes que me quede encerrada en casa? —Pregunté calmadamente—. Porque eso no va a suceder.

—¡Sami! —Heitor se dejó caer en la silla frente a mi escritorio totalmente frustrado—. No quiero que nada malo les pase a ti y a nuestro hijo.

—Yo tampoco quiero eso, Heitor. Pero entiende, aquí estoy segura. Ya decidí que no voy a salir del edificio durante el día, me quedaré quietecita aquí y pediré que me traigan las comidas, pero no voy a renunciar. —Dejé claro que en esto él no tenía opción.

—¿Me prometes que harás eso? —Heitor ahora tenía un tono suplicante.

—Lo prometo. —Dije intentando calmarlo, pero mi celular sonó distrayendo mi atención.

Tomé el aparato y miré el número en la pantalla. Ahora sabía quién era, pues no era la primera vez que me llamaba; Nicole había sido rápida en llevar la noticia. Coloqué el aparato sobre la mesa y respondí en altavoz.

—Samanthita, tú nunca aprendes. —Rómulo habló del otro lado y su voz sonaba amenazadora.

—¿Qué quieres para dejarme en paz, Rómulo? —Dije cansada.

—Te quiero a ti, Samanthita. ¿Aún no entiendes eso? —Rómulo respondió como si yo fuera tonta—. Pero me enteré de que te estás portando muy mal. ¿Embarazada, Samanthita? ¿En serio estás esperando un bastardito del niño rico?

—No llames bastardo a mi hijo. —Dije irritada.

—Pero eso es lo que es, Samanthita, un bastardito, porque nunca te vas a casar con ese idiota. —Rómulo habló autoritario y vi el brillo de rabia en los ojos de Heitor.

—Eso es lo que tú crees. Olvídate de mí, Rómulo. —Reclamé y él se río.

—Samanthita, métete una cosa en esa cabecita linda tuya, eres mía, solo mía, y te quedarás conmigo. —Rómulo habló con calma y frialdad—. Si no es conmigo, Samanthita, no estarás con nadie, porque te mataré.

—¡Estás loco! —Repliqué sintiendo un nudo en mi garganta—. Olvídate de mí, Rómulo. No soy tuya, no tienes ningún derecho sobre mí, déjame en paz.

—Nada especial, solo me pareció más estresado de lo normal aquel día en el hospital. ¿Sabes si está pasando algo? —Continué haciéndome la tonta, pero Heitor levantó la cabeza y entrecerró los ojos hacia mí.

—¿Qué quieres saber exactamente, Samantha? —Preguntó examinando mis facciones.

—Ah, mi lindo, ¿vas a decirme que no te pareció extraña aquella llamada que recibió? Se puso muy enojado. —Estaba fingiendo inocencia, pero Heitor tampoco era tonto.

—Mi diosa, en aquel momento estaba tenso, nervioso y estresado por la situación que Manu había pasado. Ella estaba herida y Flavio se puso furioso, sabes lo protector que es. —Heitor me respondió con esa excusa barata, dándome la certeza de que sabía algo más, pero no lo diría.

—Sí, tienes razón. —No le diría nada sobre las sospechas de Manu, pues él correría a contárselo al delegado, dándole tiempo de zafarse de la situación. Entonces fingí que creía en ese cuentito.

—¿Ya estás terminando por aquí? —Heitor me sonrió dando el tema por cerrado.

—Sí, solo necesito terminar de revisar este informe y podemos irnos.

—Excelente. Voy a la cocina a buscar un café y llamar a Flavio. —Rayos, estaba segura de que iba a alertar a Flavio sobre mi pregunta. Ahora tenía que hacer que Heitor lo olvidara.

—Ah, no vas a ir, quédate conmigo. —Hice una voz muy mimosa para que no negara mi petición, al menos ganaba tiempo—. Llámalo. Voy a pedir que te traigan un café.

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