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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 395

"Samantha"

Después de un día largo y cansador finalmente estaba camino a la cama. Me sentía tan cansada. Salí más temprano de la fogata que Hebe y Melissa organizaron y estaba deliciosa, pero necesitaba dormir. Solo que me fui a casa sola, ya que Heitor engancho una conversación animada con los muchachos y parecía divertirse mucho.

Tomé un baño tibio, me puse mi pijama y caí en la cama, durmiendo casi inmediatamente, oyendo las risas a lo lejos en la playa. Estaba tan cansada que ni vi a Heitor unirse a mí. Pero entonces tuvo la brillante idea de despertarme para ver el amanecer. Estaba eléctrico y la noche aún se desvanecía en el cielo.

—Vamos, mi diosa. ¡Despierta! Vamos a ver el amanecer. —Heitor estaba acostado sobre mí, cubriéndome de besos.

—Dios mío, qué agitación para ver el amanecer. —Me quejé.

—Sí, por favor, hoy es un día muy importante. Vamos. —Heitor suplicaba como un perrito necesitado.

—Tengo sueño. —Me quejé.

—Tendrás tiempo para dormir durante la luna de miel. —Heitor argumentó y me hizo reír.

—¿Estás seguro de eso? —Abrí los ojos y miré la expresión pensativa que hizo al mirar hacia arriba.

—No, no lo estoy. Pero vamos, prometo compensarte. Ya hasta separé ropa para que te pongas. —Insistió y yo sabía que no se rendiría.

—Está bien, voy a tomar un baño para despertar. —Salí de la cama a regañadientes y fui al baño.

Después del baño vi a Heitor sentado, usando un bermuda blanco de lino y una camisa azul clarito, del color del cielo en un día de verano. Sobre la cama había un vestido ligero del color de su camisa que no recordaba haber puesto en la maleta.

—¿Qué vestido es este? —Miré la pieza curiosa, era un vestido largo, de tirantes finos cruzados en la espalda y una falda suelta, era ligero y con algunos volantes pequeños que le daban a la pieza una delicadeza juvenil.

—¡Lo compré para ti! —Los ojos de Heitor brillaban—. Póntelo para mí.

Heitor estaba tramando algo, reconocía las señales cuando tenía una sorpresa preparada para mí. Se ponía eufórico como un niño esperando abrir los regalos de Navidad, no quitaba la sonrisa de su rostro y sus ojos brillaban con alegría. Decidí no discutir y me puse el vestido y la sandalita plana que me entregó.

Me tomó de la mano y bajamos las escaleras cuando el brillo del sol comenzó a despuntar en el horizonte. En la sala, miré a través de las puertas abiertas y vi una mesa puesta con un mantel blanco en el césped, cerca de la piedra donde me senté el día anterior, y todos estaban sentados allí.

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