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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 586

"Manuela"

Pensé por un momento y me acordé de algo, fui rápido al closet y saqué la prenda del fondo de un cajón, era una camisola de franela bien recatada, de esas con mangas cortas, botones al frente y bolsillos a la altura de los muslos, la camisola llegaba hasta la rodilla y tenía estampado de pequeñas flores, tomé una panty que combinaba, tipo calzón grande, y me vestí, ningún hombre encontraría eso atractivo. Pero aún faltaba un detalle, tomé un gorro de dormir que no usaba desde hacía mucho tiempo, era rosado y tenía una banda para amarrar de modo que en la frente me hacía un lazo enorme. Estaba lista, que luchara para acabar con mi mal humor, pero después de verme así, seguramente pasaría un mes en los turnos nocturnos de la comisaría.

Flavio me miró de arriba abajo cuando entré al cuarto. Tuve que luchar contra mis ganas de reírme, entonces me quedé recordando que estaba molesta con él por haberse dormido, cuando le había pedido que esperara.

Se levantó y vino hacia mí y como un depredador rodeando a su presa dio la vuelta alrededor de mí y se detuvo nuevamente frente a mí con los brazos cruzados.

—No sirve de nada, chiquita, te ves sexy hasta con un costal de papas amarrado al cuerpo —me tomó y me tiró en la cama, viniendo sobre mí—. Ahora no sé si abro botón por botón pacientemente o si arranco todos de una vez.

No pude contener mi suspiro, estaba rogando que optara por arrancar todos los botones de una vez. No servía de nada, por más que tratara de estar molesta con él, no podía, él derribaba todas mis barreras.

—Por tu suspiro, vamos a quedarnos con la segunda opción.

Se irguió sobre mí, acarició mi cuello con las dos manos y agarró el escote de la camisola, jalando cada parte hacia un lado. Escuché los botones caer por todos lados en el cuarto, de un tirón abrió la camisola hasta mi cintura. Bajó sus manos por mi cuerpo y enganchó las manos en la camisola nuevamente, dando otro tirón e hizo que el resto de los botones cedieran. Tragué en seco, ahora tenía la vista del calzón grande, era una prenda demasiado grande, y aunque cómoda, no era nada sexy. Imaginé que sería en ese momento que él o empezaría a reírse o se enojaría y desistiría de su avance lascivo. Pero quitó la camisola de mi cuerpo y me volteó boca abajo en la cama, bordeó el calzón grande con los dedos, me volteó de espaldas al colchón y bordeó la parte de adelante.

—Es como desenvolver un regalo, un regalo que uno quiere mucho recibir y no sabe si va rápido o si saborea el abrir el paquete —el hijo de perra era un seductor y era muy bueno en eso—. Creo que voy a saborear mientras abro mi paquete.

Enganchó los pulgares en los lados del calzón grande y empezó a besar mi vientre. Muy lentamente empezó a deslizar el calzón hacia abajo mientras deslizaba su boca por mi cuerpo. No se detuvo entre mis piernas, sino que fue besando mis piernas mientras quitaba esa prenda de mi cuerpo. Después la dejó caer al suelo y se quitó su propia ropa, viniendo sobre mí nuevamente.

—¡Me encantó la sorpresa! —dijo antes de besar mi boca.

Me besó con deseo y sus labios encajaban tan perfectamente en los míos, que casi no podía sentir nada más, solo un acaloramiento que se apoderaba de mi cuerpo a medida que su lengua se deslizaba por mis labios y volvía a sumergirse en mi boca. Era tan delicioso, tan placentero sentir sus labios reclamar los míos y el calor de su cuerpo desnudo casi tocando el mío, que no pude evitar un gemido.

—¡Flavio, por favor! —apenas me di cuenta de que ya le estaba suplicando, después de no mucho más que ese beso lleno de promesas.

—Calma, chiquita, tenemos todo el día, y va a ser despacio hoy, sin prisa —respondió apenas separando nuestros labios.

Poco a poco su cuerpo rozó el mío, su pecho se deslizó suavemente por mis pezones ya erectos y muy despacio pegó su cadera a la mía, presionándome contra el colchón. Mis piernas, como si se movieran por cuenta propia, se abrieron para recibirlo, pero él no se posicionó para penetrarme, se contuvo frotando su volumen endurecido en mi carne caliente, presionándome justo en el lugar correcto. Ya estaba temblando en el límite, muy cerca de venirme, solo con ese roce de cuerpos que no era nada más que una caricia.

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