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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 592

"Manuela"

Estaba almorzando cuando recibí un mensaje de Flavio diciendo que acababa de llegar e iría directo a la comisaría. Solo respondí con un está bien.

—¡Por lo menos podría haberme llamado! —respiré profundo y desistí de terminar el almuerzo, había perdido el apetito.

Estaba almorzando sola, porque Lisa y Rick tuvieron una reunión fuera de la empresa. Además, estuve sola toda la mañana, porque Rick pasó por casa y recogió a Lisa para ir a esa tal reunión.

El resto del día pasó y ni rastro de Flavio. Lisa llamó a la oficina y dijo que Alessandro mandó que ella y Rick fueran a encontrarlo a su casa, porque trabajarían desde ahí por el resto de la tarde, o sea, estuve completamente sola todo el día. Bueno, casi sola, porque Margaridinha, empleada de la cafetería de la presidencia de la empresa, de vez en cuando pasaba por mi escritorio y conversaba un poco conmigo. Más bien tuve mucho tiempo para crear las cavilaciones de mi cabeza.

Cuando terminó mi jornada, me parecía extraño que Flavio aún no me hubiera llamado. Me fui molestando cada vez más. Salí arrastrando los pies de la oficina y cuando llegué a la banqueta noté a una mujer elegante, usando un vestido blanco recto hasta las rodillas con mangas hasta los codos. Estaba de espaldas, pero tenía la silueta delgada y un cabello negro muy brillante y absolutamente alineado en un corte recto un poco debajo de los hombros.

—¡Ay, Manu, no tienes remedio, hasta una extraña te hace pensar en Flavio solo porque tiene el cabello tan negro como el de él! —me dije a mí misma.

Antes de que pudiera desviar mis ojos de esa mujer, vi a un joven desmanejado desequilibrarse en su bicicleta y caerse, pero al tratar de evitar la caída, instintivamente se agarró de esa mujer elegante y la llevó al suelo. Corrí hasta ellos para ayudar y extendí las manos, para que esa mujer pudiera apoyarse.

—¡Ay! —dijo mientras se levantaba.

El joven, sin ninguna pena, se puso de pie rápidamente y tomó la bicicleta.

—¡Perdón ahí, señora! —gritó ya subiéndose nuevamente a su medio de transporte.

—¿Perdón ahí, señora? Ese mocoso podría haberme matado —miraba indignada en la dirección donde iba el ciclista—. Muchas gracias, querida —volvió sus ojos hacia mí.

—¿Está bien, señora? —pregunté después de agacharme, tomar su bolsa y entregársela—. Quiero decir, además del tacón roto y la herida en la rodilla.

Me dio una sonrisa amable y me miró.

—Un poco adolorida, pero creo que estoy bien. Solo un poco mareada. Pero agradezco mucho tu ayuda —sonreía, pero miró ese vestido blanco, antes inmaculado y ahora sucio y con un pequeño desgarre en el costado—. Ay, no, no estoy bien. Mira mi estado —solo entonces se dio cuenta de que el pequeño accidente no fue tan pequeño.

—Tranquila, la voy a ayudar. ¿Está en carro?

—No, estaba esperando un taxi, pero parece que no hay ninguno en esta ciudad —no pude evitar reírme de su indignación con los taxis de la ciudad.

—Es el horario, difícilmente conseguirá uno. Pero yo estoy en carro, puedo llevarla donde necesite. Venga —ofrecí y me sonrió.

—Ah, no quiero molestarte, querida —noté que estaba realmente apenada por molestarme.

—No molesta, señora. Venga, la voy a llevar a un hospital para que el médico vea si realmente no hay nada grave, ya que está mareada.

—Es un mareo pasajero, he tenido muchos últimamente. Creo que es estrés.

—Pero por si acaso, no cuesta nada ver a un médico. Mire, mi carro está ahí, apóyese en mí.

Esa señora era muy delicada y elegante, con sutileza pasó el brazo por mi hombro y quien mirara pensaría que éramos dos amigas caminando juntas y no que estuviera mareada o con un tacón roto. La ayudé a entrar al carro y di la vuelta, saliendo al tráfico rumbo al hospital.

—Es un carro grande para una jovencita tan delicada —comentó, pero no había desaprobación en su voz.

—Ya me han dicho algo así, pero me enamoré de él en la tienda.

—Fue una excelente elección, te deja imponente.

—Gracias. ¿No es de aquí, verdad?

—No, soy del interior. Aunque viajo mucho, me gusta la tranquilidad de una ciudad pequeña.

—Yo también soy del interior, pero adoro esta ciudad efervescente y llena de vida.

—Ah, ¿pero también conoces al Dr. Molina? Qué coincidencia —parecía positivamente sorprendida.

—Voy a esperar aquí afuera para que tenga más privacidad —dije y le di un leve apretón en su mano—. ¡Cuídala bien, Vini!

Después de un tiempo Vini me llamó de vuelta al consultorio y me explicó que se haría exámenes de sangre, una tomografía y él llamaría a un otorrinolaringólogo, porque pensaba que sus mareos provenían de una laberintitis.

—Querida, parece que esto va a demorar, no necesitas quedarte. No quiero robar más tu tiempo —parecía preocupada por molestarme.

—Pero no voy a ningún lado. No la voy a dejar sola en un hospital. Además, está siendo un placer para mí acompañarla —le aseguré que me quedaría con gusto y que no me estaba estorbando.

—Bueno, ya que te vas a quedar, puedes acompañarla hasta la tomografía. Las enfermeras ya van a venir por ella y cuando regresen traigo al otorrino. Pero, recomiendo que llamen a un familiar —explicó Vini.

—Creo que eso no es necesario, doctor —parecía reacia a llamar a un familiar.

—Ah, sí es necesario, porque si es laberintitis no puedo dejarla irse a casa sin supervisión en medio de una crisis —insistió Vini y salió de la sala.

—¿Quiere que le llame a alguien? —ofrecí.

—En realidad, mis hijos no están muy contentos conmigo en este momento, sabes. Y hasta lo entiendo, también fui muy dura con ellos —parecía tan apenada.

—¡Ah, pero qué tontería! Son sus hijos, con seguridad la aman, sea lo que sea que haya pasado, estoy segura de que van a querer estar con usted ahora —la animé.

—Debes ser una hija maravillosa —apretó mi mano.

—Trato de serlo. Pero mi mamá ya murió y me habría gustado mucho haber tenido la oportunidad de sostener su mano cuando lo necesitara —mis ojos se llenaron de lágrimas, igual que los suyos.

—¡Ah, ven acá! —me jaló para un abrazo—. ¡Tu mamá con seguridad está cuidándote! —fue tan bueno escuchar eso, que la apreté un poco más en mi abrazo—. Toma la bolsa por favor, voy a llamar a mi hija.

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