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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 769

"Rick"

Salí de la oficina deprisa, finalmente alguien podría decirme qué había pasado con mi matrimonio, porque, de repente, Taís decidió dejarme, sin decir nada, sin ninguna consideración. En realidad, bien en el fondo de mi mente tenía una corazonada, solo que no quería creer en ella, pero todo hacía pensar que Taís se había ido por otro hombre, principalmente después de que Mel dijo que no me iba a gustar lo que iba a descubrir.

Pero era mejor saber la verdad de una vez, tal vez enfrentar la verdad me diera el valor que necesitaba para seguir adelante, porque sabía que ya no había vuelta atrás, Taís no regresaría conmigo y yo tampoco lo quería, todo el amor que sentí por ella algún día ya se había transformado en decepción.

¡Finalmente sabría la verdad! Y, mientras más me acercaba a Virginia, más se aceleraba mi corazón, llegué a sentir un dolor leve, como si estuviera latiendo demasiado rápido y demasiado fuerte dentro de mi pecho.

En el hotel, la recepcionista dijo que me esperaban y autorizó mi entrada. En el camino que hice, entre la recepción y la puerta de ese cuarto, sentí como si atravesara el purgatorio rumbo al infierno, pensé en las peores cosas que podría escuchar. Y parado ahí frente a esa puerta sentí que mi cerebro simplemente se detuvo y se quedó en blanco. Me tomé un minuto para volver a recordar respirar y recuperar el equilibrio, entonces toqué el timbre.

—¡Rick! ¡Entra! Mi hermana te está esperando. —Levy me abrió la puerta y habló en un tono casi lúgubre.

—¡Cuánto tiempo, Levy! —No logré sonreír, pero tenía respeto por Levy, era honorable, fue honorable con Cat y se retiró como un caballero cuando se dio cuenta de que Cat y Alessandro se amaban. No insistió, salió de escena, sin trucos, sin dramas. Respetaba mucho eso, hablaba más de su carácter que cualquier otra cosa.

—Es bueno verte, solo lamento que sea en esta situación. —Me puso la mano en el hombro y me señaló el camino.

Entré a una sala sobriamente decorada, elegante y distinguida. Era uno de los mejores hoteles de la ciudad, entonces la decoración iba acorde con la fama y el valor cobrado por las noches. Y estaba divagando sobre la decoración porque no lograba pensar más en lo que había causado el desastre del fin de mi matrimonio.

—¡Hola, Rick! —Luciano estaba al lado de Virginia y se levantó para saludarme.

Solo después de las cortesías de rigor fui hasta Virginia, después de todo estaba ahí por una razón, pero sobre todo era un hombre bien educado y no podría ignorar a los dos hombres ahí. Ella no me miraba, en ningún momento levantó la cabeza y eso me hizo pensar que tal vez lo que me fuera a contar fuera mucho peor de lo que imaginé. Me senté a su lado y apoyé los brazos en mis rodillas.

—No te ves bien. —Pensé que necesitaba comenzar esa conversación de alguna manera y realmente se veía pésima.

—Estoy mejor de lo que merezco, Rick. —Su respuesta estaba cargada de tristeza y arrepentimiento. Entonces me volteé para encararla.

Me tomé buenos minutos para procesar todo lo que me dijo y cuando finalmente mi cerebro volvió a funcionar me levanté y caminé hasta la puerta.

—¿No vas a decir nada? —preguntó Virginia, aún llorando, cuando puse la mano en la manija para abrir la puerta. Me volteé lentamente y la miré una vez más.

—Si estás esperando mi perdón, ¡olvídalo! Nunca podría perdonar una traición tan baja. —Hablé con voz baja y sin ninguna emoción.

—¡Entonces grítame, pelea, haz algo! —Me miraba como si no comprendiera mi reacción.

—No voy a hacer nada de eso. Y no lo voy a hacer simplemente porque ni siquiera mereces mi rabia. —Me volteé y salí de ese cuarto, sintiendo como si el mundo se derrumbara sobre mis pies y fuera a caer en cualquier momento.

Por supuesto que tenía rabia, estaba enfurecido, casi ciego de odio. Casi. Pero aún veía lo suficiente para recordar que el desprecio es siempre el mejor castigo. No iba a descargar sobre Virginia rabia, palabras duras, ofensas. No, eso aliviaría su conciencia con la excusa de que yo no merecía que se arrepintiera o se sintiera mal. Pensaría que era exactamente como ellas, insensible, desprovisto de sentimientos buenos y eso le daría el alivio de conciencia que quería. Pero yo no era tan bueno y no le daría ni un segundo menos del sufrimiento que se merecía. Por eso simplemente salí de ahí y la dejé con sus demonios. ¡Y ahora, enfrentaría mi propio demonio!

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