—Necesito recolectar algunas hierbas del bosque —dije con un gesto vago en dirección a los árboles más allá del campamento—. Para mi embarazo. Hay ciertas plantas que pueden ayudar con la náusea y la fatiga. Sé dónde encontrarlas.
Asher se reclinó en su silla, estudiándome.
—¿Quieres dejar el campamento? —preguntó.
—Solo por un corto tiempo. Y únicamente con un guerrero —pedí y forcé una sonrisa dulce—. Prometo que no correré. Yo solo… necesito las hierbas. Me ayudarán a sentirme mejor. Y me vendría bien el ejercicio.
Permaneció en silencio durante un largo momento. Contuve el aliento, esperando. Finalmente, asintió.
—Muy bien. Pero debes usar tu anillo y debes permanecer a la vista de tu guerrero en todo momento. Si intentas correr, habrá consecuencias.
—Entiendo —aseguré. Di un paso al frente y, antes de que pudiera arrepentirme, me incliné y lo besé en la mejilla—. Gracias.
El ojo sano de Asher se agrandó. Se llevó la mano a la cara y tocó el lugar donde habían estado mi labios, mientras una lenta sonrisa se extendía por su rostro.
—De nada, muñeca.
Una hora más tarde, me encontraba de pie en el límite del bosque con mi guerrero y una canasta tejida en las manos. Los árboles se alzaban imponentes sobre nosotros, con sus ramas balanceándose por la brisa. Respiré profundo, saboreando el aroma a pino y tierra. Libertad. La sensación me dio fuerzas. Saldría de aquí pronto. Estaba segura de ello.
—Quédate cerca —gruñó el guerrero.
—Lo haré —dije. Di un paso al frente, escaneando la maleza en busca de las plantas que necesitaba.
Encontré la primera casi de inmediato. Raíz de valeriana. Crecía en grupos cerca de la base de un tronco podrido. Me arrodillé y desenterré con cuidado algunas de las raíces, sacudiendo la tierra antes de colocarlas en mi canasta.
El guerrero me observaba, pero no dijo nada. Dudaba que reconociera alguna de las hierbas.
Después, encontré manzanilla. Esa fue fácil. Crecía por todas partes aquí afuera.

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