Punto de vista Avery
Para el momento en que llegamos al auto de Fiona, mi tobillo estaba prácticamente entumecido por el dolor. Eso era bueno para mi cerebro, porque me daba las fuerzas para seguir moviéndome sin tener que apoyarme en ella, pero definitivamente era malo para mi tobillo.
—Aquí tienes —Fiona quitó los seguros de su auto y me abrió la puerta del lado del copiloto, manteniendo todavía esa sonrisa de plástico que nunca dejaba de parecer una máscara que cubría algo feo por debajo—. ¿Necesitas ayuda para subir?
—Estoy bien. Gracias.
Tal vez estaba siendo terca. Pero no me importaba. Fiona ya había dejado muy en claro lo que sentía por mí; pensaba que yo era demasiado vieja y que no era apta para estar en este mundo. Pensaba que podía reemplazarme.
No iba a darle la satisfacción de creer que alguna de esas cosas pudiera ser cierta. Porque no lo eran.
Subí al auto, haciendo una mueca de dolor con el movimiento. Fiona cerró la puerta y corrió hacia el lado del conductor con la capucha puesta para protegerse de la lluvia. El parabrisas estaba cubierto de pequeños ríos que se derramaban y mi aliento ya estaba empañando el interior.
Fiona saltó al asiento del conductor y se frotó las manos mientras el auto se calentaba. Unos momentos después, se alejó del costado de la carretera y comenzó a dirigirse en dirección a la manada Siempre Verde.
—Así que —dijo, mirándome de reojo mientras guiaba el auto por los caminos serpenteantes—, pareces segura de que Bjorn conoce el terreno salvaje.
Se me tensó la mandíbula.
—Es un cachorro listo. Ha escapado antes y ha estado bien.
Fiona alzó una ceja e instantáneamente me arrepentí de haber dicho algo.
—¿Así que esto es un patrón en él? —preguntó.
Miré por la ventana.
—Solo una o dos veces.
—Interesante. Pero supongo que las tierras de las manadas son muy diferentes a la ciudad humana. Es mucho más fácil llegar a casa cuando te pierdes allá que aquí.
—Él se las arreglará —dije, aunque ambas sabíamos que no había ninguna certeza en eso.
Fiona tarareó mientras las familiares puertas de Siempre Verde comenzaban a aparecer a la vista en la distancia. Podía ver las luces desde aquí y me alegraba no tener que estar atrapada con ella por mucho tiempo.
—Espera, ya casi llegamos...
—Detén. El. Auto.
Fiona me miró de reojo, pero obedeció y se orilló a un lado de la carretera. Probablemente eran solo unos veinte metros hasta las puertas, pero no me importaba. No quería estar cerca de esa loba ni un segundo más.
Agarrando la manija de la puerta, me giré hacia ella, siseando.
—Mantente malditamente alejada de mi hijo, perra. O te mostraré exactamente cómo lidiamos con las lobas como tú en las tierras humanas.
Fiona abrió la boca, pero no le di la oportunidad de hablar. Ignorando el dolor en mi tobillo, bajé del auto de un salto y azoté la puerta con la fuerza suficiente para hacer temblar toda la estructura. Luego me giré y comencé a cojear hacia las puertas.
Fiona no me siguió, pero tampoco se alejó. Sus faros delanteros iluminaban mi camino. No miré hacia atrás.
No estaba segura de cuánto tiempo había estado esperando junto a la ventana, buscando a Sebastian y a Gideon. Había un reloj de pie justo allí en el pasillo, pero nunca lo miraba por temor a descubrir que habían pasado horas y que ellos todavía no encontraban nada.

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