Punto de vista de Avery
El olor a antiséptico me quemó las fosas nasales. Escuché el pitido de las máquinas a mi alrededor y las luces fluorescentes parpadeando de forma leve detrás de mis párpados.
Por un momento, pensé que estaba en el infierno o en una especie de purgatorio.
Siempre había odiado los hospitales. Eran demasiado ruidosos, demasiado estériles, demasiado caóticos. Mi loba también podía sentir siempre el dolor a mi alrededor, y eso me distraía y me hacía doler el pecho.
Tampoco ayudaba en nada el hecho de que las drogas en mi sistema hicieran que me costara respirar.
Con un gemido, abrí un ojo, luego el otro. Le tomó un momento a mi visión ajustarse, pero cuando lo hizo, me encontré recostada en una cama de hospital. Tenía una vía intravenosa en el brazo izquierdo y un monitor alrededor de mi dedo índice derecho, conectado a una máquina que emitía un pitido constante a mi lado.
La habitación estaba iluminada a medias, con las luces del techo apagadas. El pasillo brillante era todo lo que proporcionaba iluminación.
Estaba sola.
Por un breve instante, el pánico me abrumó mientras mi mente corría para recordar lo que había sucedido. Pero no tomó mucho tiempo para que los recuerdos regresaran de golpe: el trago, la nubosidad, el lobo intentando...
Bloqueé esa parte.
El resto era prácticamente un borrón. Recordaba vagamente figuras altas moviéndose hacia la habitación, una de ellas levantándome en un fuerte par de brazos. Todo lo demás... no lograba precisar qué era.
—Oh, qué bueno. Estás despierta.
Levanté la vista para ver a Sebastian entrando a la habitación a paso firme. Su rostro estaba pálido y demacrado por la preocupación, y corrió hacia el costado de mi cama, apretando mi mano entre las suyas.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—¿Qué es peor que la mierda? —maldije. Mi voz era áspera y rasposa, como si hubiera fumado un paquete de cigarrillos mientras dormía. Todo me dolía; mi piel ardía como si alguien le hubiera prendido cerillos. Sentía el pecho como si se estuviera hundiendo. Cada bocanada de aire era un trabajo y, sobre todo, sentía que iba a vomitar.
Sebastian, para mi sorpresa, pareció notar esa última parte sin que yo tuviera que decirlo. Mi rostro debió de haberse puesto muy verde de repente, porque él tomó rápido una bacinica limpia de la mesa de noche y me la extendió.
Me doblé sobre el borde de la cama y vomité.

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