Dominic había pasado horas instruyendo a Grace para que nada la tomara por sorpresa. Al día siguiente, tras enviar a los niños a la escuela, ambos se alistaban en silencio para la batalla en el consejo.
Grace se miró al espejo, asegurándose de que cada costura de su traje proyectara el poder y la autoridad necesarios para silenciar a Charlotte y enfrentar a la nueva accionista. Dominic la observó desde el umbral, con una mezcla de orgullo y fascinación.
—Estás muy bella, Grace —comentó él con voz profunda, recorriéndola con la mirada—. Esa ropa no es un atuendo, es una armadura. Nadie en esa sala se atreverá a cuestionar quién tiene el mando mientras estés presente.
Grace sonrió levemente y se acercó a él. Con movimientos pausados, levantó las manos para acomodarle el nudo de la corbata, tal como solía hacerlo en el pasado antes de que el caos los separara. Sus dedos rozaron la tela con precisión mientras sentía la respiración de Dominic cerca de su rostro.
—¿Estás seguro de querer venir a la junta? —preguntó ella sin dejar de ajustar el nudo—. Tu salud sigue siendo el pretexto oficial para tu ausencia. Podrías quedarte y evitar el estrés de ver a la abuela.
—Sí, estoy seguro —respondió él, colocando sus manos sobre la cintura de Grace—. No diré una sola palabra, mantendré mi papel, pero me intriga demasiado conocer a esa mujer. Hay algo en todo este movimiento que no me cuadra.
Grace arqueó una ceja, deteniendo sus manos sobre su pecho, y lo miró con una chispa de sospecha juguetona.
—¿Por qué tanto interés, Dominic? —cuestionó con un tono sugerente—. ¿Qué harás si esa condesa resulta ser joven y bella?
Dominic soltó una pequeña risa seca y la atrajo más hacia él, eliminando cualquier espacio entre sus cuerpos.
—Podrá ser Miss Universo si quiere, pero para mí no existe, ni existirá jamás, una mujer más bella y poderosa que la que tengo frente a mis ojos en este momento.
Grace asintió, satisfecha con la respuesta, y tras un último ajuste a su traje, y un largo beso, ambos salieron de la habitación listos para entrar a la misteriosa condesa.
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Grace y Dominic cruzaron las puertas de la empresa veinte minutos antes de la hora acordada. Al ver a Dominic caminar por los pasillos, los empleados se pusieron de pie de inmediato, rompiendo el silencio con un aplauso espontáneo y cargado de respeto. Dominic sintió un vuelco en el pecho, conmovido por la lealtad de su gente, pero recordó su papel y mantuvo el rostro sereno, asintiendo con una brevedad calculada y murmurando agradecimientos antes de entrar a la sala de juntas.
A la hora exacta, la puerta se abrió de nuevo. La Condesa Eleonora Van de Berg entró con un aire de misterio que paralizó el ambiente. Vestía un traje sastre de seda color marfil que se ajustaba a su figura con una elegancia impecable, complementado con unos lentes oscuros que ocultaban su mirada. Sus joyas eran minimalistas pero de un valor evidente, y su presencia destilaba una autoridad tranquila y sofisticada.
Cuando el asesor le indicó que pasara, Eleonora avanzó con paso firme, pero se detuvo en seco al ver a Dominic sentado a la mesa. No esperaba encontrarlo allí.

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