Eleonora cruzó el umbral de la mansión Pierce con la barbilla en alto, sintiendo el peso de cada recuerdo amargo que esas paredes guardaban. Charlotte, sentada en su sillón habitual, se puso en pie con una falsa sonrisa de cortesía.
—Condesa, ¿qué hace en mi casa? —preguntó la abuela con tono fingidamente herido—. No comprendo su visita, después de cómo me humilló en la junta frente a mis empleados.
Eleonora recorrió el salón con una mirada cargada de desprecio.
—Vaya... esta casa sigue siendo tan fría como hace más de veinte años.
Charlotte frunció el ceño, deteniéndose a mitad de un gesto.
—¿Conoce mi casa? ¿De qué habla? ¿Cuándo ha estado usted aquí? —cuestionó con una creciente sospecha.
Eleonora soltó una risa seca y dio un paso hacia ella, quitándose los lentes oscuros para clavar sus ojos en los de la anciana.
—¿Aún no me reconoces, Charlotte? ¿De verdad no sabes quién soy? —preguntó con un susurro peligroso—. Ahora me dices "condesa", pero en el pasado no me bajabas de arribista. ¿Ya olvidaste cómo me humillabas por no tener dinero? ¿O la trampa que me pusiste para que Dimitric pensara que yo lo engañé?
Charlotte se tambaleó, llevándose una mano al pecho mientras el aire se le escapaba de los pulmones. Retrocedió hasta chocar con el respaldo de su silla.
—¿Tú? No... no puede ser... —balbuceó Charlotte, observando con horror los rasgos de la mujer que tenía enfrente—. ¿Cómo?
Al fijar la vista, la realidad la golpeó como un mazo. Era Leonor. La madre de Dominic.
—Maldita... —escupió Charlotte, recuperando parte de su veneno—. ¿Cómo es que ahora tienes poder? Yo misma me encargué de cerrarte todas las puertas.
—Me echaste a la calle como si fuera una mujerzuela —replicó Eleonora, y su voz vibró con un dolor antiguo—. No pude conseguir empleo, pasé hambre y necesidades. Pero lo peor fue que te robaste a mi hijo para criarlo a tu imagen y semejanza. Pero volví, Charlotte. Volví para recuperarlo.



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